Antisistemas y fascistas italianos, unidos bajo el lema Agredir para Vencer


Me da escalofríos pensar que el bochornoso espectáculo vivido en nuestras calles en los últimos días con motivo de las llamadas “Marchas de la Dignidad” sea porque estaban bajo la atenta mirada de los observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE); lo que me haría confirmar el temor de que estamos gobernados por políticos acomplejados, que lejos de ofrecer una visión nacional de respetos, derechos y libertades, lo que ha servido en bandeja es la visión de una nación débil y desnortada.

Ante estos hechos violentos, un sindicato policial se propone denunciar a sus mandos operativos con la intención de que estos se vean obligados a declarar en sede judicial quién dio la orden a las UIP de hacer dejación de su obligación; o textualmente: porque se les dio la orden de no utilizar material antidisturbios y de “resistir, resistir y resistir”. Con el resultado penoso de ver correr a la policía delante de los alborotadores.

Me viene a la cabeza el himno de la fuerza mixta italo-española “Divisione Mista Frecce” (1936-1939) cuyo lema era: AGREDIR PARA VENCER, y me recuerda la actitud de esta mezcla de grupos y elementos que parecen seguir una fórmula que no funciona.

Es menos utópica la acción ordenada que la beligerante, mejor que vencer es convencer. Conquistar a la opinión pública es el camino para la transformación social, y para ello hay que conocer bien a la sociedad sobre la que se quiere influir. Y hoy, el clima social español es propenso a secundar actitudes que propongan una alternativa creíble a la degradación institucional que padecemos; lejos de la algarada, el populismo o una radicalidad que genere enfrentamientos violentos.

El monopolio de la fuerza es un atributo exclusivo del Estado, y sus fuerzas de seguridad tienen la obligación de emplearla para preservar el orden; y sus mandos de ordenar la acción sin complejos, renunciando a sus cargos si fuese necesario; pero jamás deben hacer dejación de su deber al recibir órdenes políticas cuyos fines chocan con lo que juraron defender. Y si le siguen el juego a los políticos de turno, serán sus cómplices y estarán haciendo política, cometido que no es de su incumbencia.

Las actuales sociedades democráticas nos “invitan” a pensar conforme a un ideario basado, sospechosamente, en la uniformidad de criterios. Existen directrices de pensamiento perfectamente marcadas que influyen, directa y subliminal mente, en todos los ámbitos del comportamiento aunque enseñen claramente la oreja al mostrarnos esos idílicos objetivos progresistas como una suerte de espejismo que sólo está al otro lado del espejo, del que apenas alcanzamos a disfrutar trocitos muy pequeños, siendo el ideal último manifiestamente inalcanzable.

Nos impregnan de un ideal cívico pero nos hurtan la formación necesaria para alcanzarle, se nos habla de libertades pero se nos procura una educación defectuosa a base de bombardeo mediático trufado, por ejemplo, de tips carentes de valores como vemos a diario en la colosal montaña de basura mediática que solo se puede discriminar si se posee una medianamente sólida formación.
Lo que está ocurriendo es que vemos -como vacas mirando pasar al tren- que el reparto de la riqueza se va concentrando más y más en un reducido número de manos que se traduce en una mayor desigualdad de las sociedades del llamado primer mundo; por lo que es fácil hacerse una idea del coletazo que reciben las del tercero.

Afortunadamente no todos somos tan lerdos como a algunos les gustaría, y lo que vemos y sufrimos a diario nos va creando un estado de conciencia que se revuelve contra el sistema que se nos viene encima, y si además somos capaces de comunicarlo, entonces estamos creando una nueva conciencia social. Lo que nos convierte en unos anti sistema, y lo somos porque no nos gusta el sistema que gobierna nuestras vidas.

El problema es que hay definiciones que se aplican mal desde el principio y su significado primigenio se transforma en otra cosa. Identificamos a un nacional-socialista con un nazi, y no con un socialista catalán; a una persona de izquierda con un marxista o a un conservador con un retrógrado. Y literalmente no es así. Siempre estamos investidos de prejuicios.

Sostengo que la misión del lenguaje es comunicar e informar, en vez de lo contrario, del mismo modo que la política debe de estar al servicio de la palabra dada y no al revés; y que el periodismo -la comunicación- debe ser independiente o es ilegítimo.

Por ello hemos ido decantando el término anti sistema como equivalente simplificado de movimiento o individuo de carácter violento y radical; como decantación mal expresada, de inconformismo que solo sabe expresarse primitivamente de forma negativa; sus acciones solo sirven para completar titulares sensacionalistas y dar contenido a tertulias ociosas, y al final producen un resultado diferente al deseado: el rechazo mayoritario social.

José Antonio Primo de Rivera recurrió a “la dialéctica de los puños y las pistolas” cuando falla la palabra. Nada peor para conseguir un objetivo político, salvo que se quiera acabar como acabamos en su día.

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