Ortega y la rebelión de las masas


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Si Unamuno aparece, desde el umbral mismo de la Dictadura, interpelando a España para que haga revivir el esencial liberalismo de un pueblo modelado en la cultura cristiana, Ortega adopta un distanciamiento que sorprende a quienes lo habían señalado como líder espiritual del movimiento regeneracionista. En la evolución intelectual del catedrático madrileño se ha abierto una nueva etapa, que incluye la sustitución del paternalismo regeneracionistapor el recelo ante la democracia. Siempre atento a los acontecimientos científicos y sociales que vive Europa, Ortega observa la Dictadura como la variable española de una rectificación del parlamentarismo, al estilo de diversas experiencias políticas del continente.

Las viejas simpatías por el radicalismo o el reformismo amainan, en el ánimo del sagaz observador. Sin abandonar nunca el empeño en instaurar una pedagogía orientada a la formación de una nación de ciudadanos, el discurso político de Ortega irá despojándose de su tono de exhortación a las élites para convertirse en un análisis en el que la política cede su lugar de relevancia a la sociología. Las escasos comentarios a los acontecimientos iniciados con el golpe de Estado tienen, en las palabras de Ortega, un aire blando, comprensivo, que contrasta con la particular dureza empleada en sus ataques a la vieja política. Quizás el filósofo muestre, como pocos, el desaliento que el fracaso del regeneracionismo de las dos primeras décadas del siglo ha sembrado en el espíritu de la generación del 14. Aunque en 1930 se entregue a la causa de la República acuñando uno de los más célebres lemas de la transición, «Delenda est monarchia», eso ocurrirá tras la caída de Primo de Rivera y el nombramiento de Berenguer.

A lo largo de los seis años y medio del Directorio, la templanza de Ortega es algo más que moderación. Es sospecha íntima de un cambio, de la llegada de un nuevo ciclo histórico dominado por las doctrinas políticas que ponen sus esperanzas en la movilización de las masas. Para él, por el contrario, todo proyecto de gobierno debía basarse en la pedagogía social elaborada por las minorías selectas. Combativo, como nunca, contra el «plebeyismo», Ortega no deja de dar consejos a los nuevos gobernantes, confiando en que los españoles echen en falta la libertad que no han sabido ejercer responsablemente. En 1925, su elogio fúnebre a Antonio Maura rectifica la trayectoria de su mocedad radical y manifiesta su admiración por el único dirigente de los viejos partidos dinásticos capaz de proponer un verdadero programa de cambio en España. Dos años más tarde su ensayo sobre Mirabeau ensalza la figura del político como dirigente histórico al servicio de una idea, no como mero gestor del Estado: un prócer consciente de su tiempo con una inmensa ambición nacional.

Escisión entre minorías

En «La deshumanización del arte», Ortega irá mucho más allá del pretexto de un ensayo sobre las vanguardias, para hacer la apología de un nuevo concepto de la política que, como la complejidad del arte reciente, desborda la capacidad de comprensión de las mayorías y establece la necesaria escisión entre las minorías egregias y las masas ignorantes.

La «Revista de Occidente» de Ortega constituirá el mayor esfuerzo de su tiempo para dar forma concreta a la voluntad de «europeizar España» planteada desde el regeneracionismo de Costa y el 98. Alejada de los debates políticos del corto plazo, la revista alumbrará ensayos de literatura, filosofía, sociología, psicología y ciencias experimentales, que abren a la avidez de los lectores las compuertas de la revitalización de la cultura europea tras el trauma de 1914. La formación de las minorías era el propósito de buen número de las experiencias culturales que se hicieron paso en aquella brillante década española de los veinte. Los nombres más ilustres de la cultura europea del momento figuran en la publicación, cualquiera que sea su disciplina: Huizinga, Weber, Whitehead, Freud, Simmel, Spengler, Russell, Morand, Cocteau… Junto a ellos, sobresale también el esfuerzo por dar a conocer la intensa actividad científica y literaria española, que se incorpora resueltamente al ritmo continental: los poetas de la generación del 27, la nueva novela de Jarnés y, sobre todo ello, el repaso crítico exhaustivo, hecho desde nuestro país, de las nuevas tendencias del pensamiento europeo.

En el final de la década, cuando está a punto de expirar la Dictadura, Ortega publica las sucesivas entregas que compondrán su obra de mayor impacto en el exterior, «La rebelión de las masas».Contribución a las reflexiones que se realizan por doquier ante una nueva realidad de la que la política ya no podrá prescindir, Ortega desplegará su talento de analista y sus prejuicios de intelectual consciente del sector social al que representa y que considera amenazado. No se trata solo del «hecho de las aglomeraciones». Se trata también, y sobre todo, de la valoración de una nueva época en la que la excelencia doctrinal y la búsqueda de la verdad, base de nuestra civilización, podrán ser sacrificadas por un nuevo arquetipo, el del «hombre-masa» y de los políticos puestos a su disposición. «Sufre hoy el mundo una grave desmoralización» -se lamenta el filósofo-, entre cuyos síntomas se encuentra la falta de respeto a las conquistas culturales de nuestra civilización y la pérdida de una conciencia de pasado común sobre el que poner en marcha un futuro en armonía. La llamada a que España construya su destino integrándose en una Europa exigente, que huye de la vulgarización y la demagogia, parece anunciar, al filo inicial de la nueva década, los datos de la tragedia en la que se arriesgaría gravemente la supervivencia de nuestra cultura nacional y la idea entera de Occidente.

Ortega y la rebelión de las masas – ABC.es.

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