La traición del PP a la familia


A los políticos, sean de derechas o de izquierdas, sólo les queda para justificar sus privilegios las inagotables políticas de igualdad.

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El Plan Integral de Apoyo a las Familias, formulado por el actual Gobierno como una de sus mejores promesas electorales, no sólo se ha convertido en papel mojado, en una más de las promesas incumplidas de Mariano Rajoy, sino que incluso sus últimas actuaciones políticas legislativas se encaminan a incorporar con indigna frivolidad la ideología de género, “la última rebelión de la criatura contra su condición de criatura”, en palabras de Ratzinger.

El Plan Integral de Apoyo a las Familias suponía, según el entonces candidato Rajoy, “la mejor inversión en tiempos difíciles”, asumiendo el compromiso de garantizar “la perspectiva familiar en todas las políticas públicas”, en el respeto a los derechos de los padres como “primeros responsables en la educación de sus hijos”, y dispuesto a neutralizar cualquier intento de introducir a los menores en “proyectos ideologizadores”. Hasta la fecha, sin embargo, sólo existe la vaguedad del anuncio de medidas sin dotación presupuestaria, con la dificultad añadida de la aprobación de la Ley por la Igualdad de trato y la no discriminación de lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales en el Parlamento de Galicia, y su tramitación en Extremadura y Valencia, comunidades gobernadas también por los populares.

A los políticos, sean de derechas o de izquierdas, sólo les queda para justificar sus privilegios las inagotables políticas de igualdad. La derecha gobernante se adhiere con absoluta complacencia a la izquierda, ‘dueña’ secular de la cultura, otorgando preferencias y derechos que no se ajustan a sus originarios compromisos, abriendo el camino al uso arbitrario del poder, a la dictadura de la mayoría y a la manipulación ideológica y política. Con el pretexto de que cualquier verdad es expresión de intolerancia, existe un inveterado odium generis humani, incrementado por el relativismo cultural y la apología del positivismo jurídico.

Los grupos de presión que actúan en la cultura y los medios de comunicación, animados por l’esprit bien-être, no aspiran a gobernar, sino a condicionar la legislación. Bajo la influencia de estos lobbys, la política asume una extraña orientación  biológica, pervierte su naturaleza y sus propios fines para hacer de la liberación de ataduras sociales, históricas y culturales, la liberación de individuos a través del igualitarismo, uno de sus fines más ajenos y nocivos, originando así discriminaciones desde la legislación.

El principal enemigo de estos grupos de presión que descalifican cualquier crítica a su gestión como fascista o antidemocrática, de estas bioideologías que adulteran la vida política y las exigencias del bien común, sigue siendo la Iglesia católica, siempre y cuando ésta intente influir en la cultura y se mantenga fiel a la doctrina y la moral, no se complazca en reivindicaciones cuyo objetivo sea modificar la naturaleza -esa materia obstinada que resiste a la cultura-, y no contribuya también a levantar desde la ruina del mundo natural un mundo artificial donde todo es negociable.

La soberanía de la voluntad pretende alterar de modo arbitrario las leyes humanas positivas, el matrimonio y la familia, las leyes de la naturaleza, la diferencia de los sexos, hasta el punto de que los desacuerdos entre izquierda y derecha apenas existan, plegado el poder a los deseos y reivindicaciones de grupos minoritarios muy influyentes con el fin de seguir manteniendo el poder. Todo esto sucede además con la complacencia de potentes estructuras de apoyo cultural y económico, de carácter internacional, y con una perversa manipulación del lenguaje que contribuyen al oscurecimiento de la verdad sobre el hombre y el valor de la vida humana. Y lo que es peor: el actual Gobierno no sólo traiciona a la familia sino que impone, unas veces desde el cómplice silencio y otras desde la aprobación explícita, la destrucción del matrimonio y la familia.

Quería Sócrates un Estado en el que bajo la dirección de una aristocracia de la inteligencia, se asegurase el ciudadano la bondad de los programas políticos y de las justas reformas. ¡Qué lejos estamos de esta doble condición, moralidad y aptitud del gobernante, y fiel y consciente sumisión en el ciudadano con el fin de garantizar el equilibrio entre los derechos del individuo y los de la sociedad!

 

Roberto Esteban  I  Duque La Gaceta

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