Podemos. Sus círculos, sus soviéts y su chavismo.


Se han comparado los Círculos de Podemos con los Soviets de la Revolución rusa.

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Es un símil arriesgado, pues las asambleas de obreros, campesinos y soldados que surgieron en 1905 para luchar contra el poder zarista, ejercieron un poder efímero y conflictivo. A partir de 1918, los bolcheviques –ala radical del Partido Obrero Socialdemócrata- se hicieron con el control del Estado y se impuso la teoría leninista del centralismo democrático. Aunque se afirmó que se trataba de un sistema inversamente jerárquico, donde las decisiones fluían desde la base hasta la cima del poder legislativo y ejecutivo, las necesidades de la guerra y, más tarde, la constitución de la URSS en 1922 liquidaron el espejismo de un poder popular. Los Soviets se transformaron en parlamentos tutelados por el Soviet Supremo, donde no existía un debate real, sino una simple escenificación teatral que suscribía invariablemente la política oficial.

Cuando surgieron protestas, Lenin resolvió la cuestión, afirmando que “la dictadura del proletariado se llevaba a la práctica a través de la dictadura del partido”. ¿Se traicionó el espíritu de los primeros brotes revolucionarios o se puso de manifiesto que la política sólo adquiere eficacia cuando una minoría unifica decisiones, negocia con pragmatismo y relativiza los principios, de acuerdo con las circunstancias?

 

LA EXPERIENCIA DE LOS SOVIETS

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En 1917, Lenin escribió El Estado y la revolución, donde exponía su visión de la revolución:

“Nosotros nos proponemos como meta final la destrucción del Estado, es decir, de toda violencia organizada y sistemática, de toda violencia contra los hombres en general. […] Aspiramos al socialismo y estamos convencidos de que éste se convertirá gradualmente en comunismo. Con esto desaparecerá toda necesidad de violencia sobre los hombres en general, toda necesidad de subordinación de unos hombres a otros, […] pues los hombres se habituarán a observar las reglas elementales de la convivencia social sin violencia y sin subordinación”.

Este planteamiento, heredado de las teorías de Marx y Engels, chocó violentamente con la realidad. Cuando Lenin se convirtió en Presidente de Comisarios del Pueblo de la Unión Soviética, actuó como un estadísta convencional, organizando un poder fuerte y centralizado. En esas fechas, el Ejército Rojo era una masa indisciplinada e ineficaz, de escaso poder operativo, con asambleas de soldados que cuestionaban las órdenes. Lenin y Troski establecieron el servicio militar obligatorio y reclutaron a 30.000 antiguos oficiales zaristas para crear una verdadera fuerza de combate, sujeta a un orden jerárquico. La prioridad era sobrevivir y ganar la guerra civil en un contexto de caos generalizado. El Ejército Rojo creció hasta los cinco millones de soldados y descartó cualquier forma de democracia asamblearia. En el plano de la economía, se adoptó una estrategia similar. Se aplicaron medidas revolucionarias, como nacionalizar la banca y repudiar la deuda externa, pero la guerra provocó una avalancha de calamidades: caída de la producción, hundimiento del transporte, desabastecimiento de materias primas, hambre. En tres años, Moscú perdió al 44’5% de su población. Para acabar con esta situación, Lenin recurrió a los antiguos directores, administradores e ingenieros para reflotar la industria, asignándoles grandes salarios y privilegios, aunque en El Estado y la revolución había escrito que los funcionarios públicos “nunca deberían superar el salario de un obrero”. En la misma línea, pronunció discursos a favor del taylorismo  y el trabajo a destajo, promoviendo una campaña para introducir en las empresas “la dirección por un solo hombre”. Dejó de hablar del “control obrero” y los sindicatos se convirtieron en “órganos del Estado socialista”, perdiendo su independencia.

Lo lógico habría sido que la victoria sobre las fuerzas contrarrevolucionarias y el fin de la guerra restablecieran los principios revolucionarios, pero no fue así. La Nueva Política Económica (NEP) o “capitalismo de Estado” restauró la libre empresa a pequeña escala, el derecho de arrendar la tierra y a contratar asalariados. Muchos percibieron la NEP como una traición. Los marineros de la Armada Roja con base en Kronstadt se rebelaron, exigiendo la libre elección de los soviets para garantizar el poder popular y el fin de la dictadura ejercida por los bolcheviques. El Ejército Rojo aplastó la insurrección, sufriendo grandes pérdidas. Se afirmó que los líderes del motín eran anarquistas, pero la revuelta reflejaba en realidad el malestar de los sectores que añoraban la pureza de los ideales revolucionarios. La NEP siguió adelante  y sus altos funcionarios acabaron controlando todos los sectores de la economía. Muchos eran antiguos administradores o propietarios de las empresas nacionalizadas. Todo empeoró cuando los desequilibrios entre la producción agrícola e industrial desencadenaron una crisis de precios y la destrucción de un millón de puestos de trabajo. El paro recuperó su papel como instrumento para disciplinar al proletariado y contener sus demandas salariales. Algunos dijeron que las siglas NEP significaban Nueva Explotación del Proletariado. Lo cierto es que los sueños de destruir el Estado habían desembocado en un Estado fuerte y centralizado, con un sistema bancario que regulaba el crédito y el valor de la moneda, muchas veces con criterios capitalistas. El rublo tomó como valor de referencia el oro, lo cual provocó una depreciación del 40% que afectó directamente a los salarios.

El otoño de 1923 se caracterizó por una oleada de huelgas y protestas, pero un año más tarde la situación económica había mejorado, gracias a un eficaz control de precios y al crecimiento de las exportaciones. Lenin firmó un acuerdo con Inglaterra, comprometiéndose a no agitar el antiimperialismo en sus colonias asiáticas, y estableció un pacto secreto con Alemania, que incluía la venta de material bélico (carros blindados, cañones y gases tóxicos). Lo cierto es que los buenos datos de 1924 se consiguieron combinando la economía de mercado y  la economía dirigida, sacrificando principios revolucionarios tan importantes como el internacionalismo y la democracia asamblearia.

¿Se puede extraer alguna conclusión de los años de Lenin en el poder? Max Weber distinguía entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La ética de la convicción se mantiene fiel a los principios, incluso cuando las consecuencias son negativas en términos prácticos. La ética de la responsabilidad antepone el éxito a los principios, prescindiendo de las objeciones morales o teóricas que puede acarrear efectos catastróficos. Lenin no realizó el ideal expuesto en El Estado y la revolución y se desvió de las enseñanzas de Marx y Engels, pero logró que la URSS sobreviviera a sus enemigos y se constituyera como una nación fuerte y soberana. En su caso, la ética de la responsabilidad prevaleció sobre la ética de la convicción, lo cual explica sus contradicciones –o limitaciones. La conclusión es que la utopía de un poder popular, asambleario, se quedó en el tintero porque alimentaba la dispersión, la ineficacia y el desacuerdo. Algunos alegarán que lo primero era ganar la guerra y después hacer la revolución, pero la revolución se pospuso al poner en marcha la NEP y, años más tarde, Stalin actuó de forma parecida, convirtiendo la industrialización en prioridad absoluta.

 

TODO EL PODER PARA LOS CÍRCULOS

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Esta digresión histórica responde a un artículo de Miguel Urban titulado Todo el poder a los Círculos (Público.es, Blog Otras miradas, 09.0214), que evoca sin disimulo el conocido lema “Todo el poder para los soviets”. Es evidente que Urban –aunque no lo mencione explícitamente- invoca el centralismo democrático, cuando escribe: “es fundamental generar una nueva institucionalidad desde la base, en la que la gente se pueda empoderar mediante la participación política activa”. Sin embargo, matiza enseguida:

los círculos no son, claro está, las células de una organización revolucionaria. Deben ser, si acaso un modelo de ensayo-error para construir, desde abajo y colectivamente, una mayoría social dispuesta a encontrarse y caminar junta para hacer frente a un desafío mayúsculo: convertir a esa mayoría de expropiados en una mayoría política que cambie las reglas del juego”.

Este objetivo –opina Urban– será irrealizable, sin renunciar a la tentación de transformar a la izquierda en una religión, con sus santos y capillas. Los viejos tics de la izquierda” espantan a los votantes e impiden forjar una nueva mayoría.

El 15-M marcó un nuevo rumbo y hay que seguir su estela: horizontalidad, participación ciudadana, desobediencia civil no violenta y un nuevo proceso constituyente. En ningún momento, Urban menciona las palabras socialismo, comunismo o anarquismo, pero se sobreentiende que esas tradiciones pertenecen a “los viejos tics de la izquierda” y no conviene agitar sus banderas. Urban tampoco menciona a los soviets, pero se apropia de su lema, sin reparar en su fracaso histórico como forma de poder popular y asambleario.

Pienso que no es posible gobernar un Estado-nación mediante asambleas. Tal vez la Ciudad Ideal de Platón, con un máximo de 25.000 habitantes, podría gobernarse de este modo, pero el tiempo de la polis pertenece a un pasado remoto y la utopía platónica jamás trascendió el papel. La actual concentración del poder en grandes corporaciones trasnacionales y la existencia de grandes bloques militares (el Bloque Atlántico, liderado por Estados Unidos, y el Bloque Asiático, con Rusia y China al frente) sugiere que las asambleas son formas de poder con escasas posibilidades de organizar una acción eficaz contra el sistema para cambiar sus reglas y establecer una verdadera soberanía popular. No es una iniciativa deleznable, pero no hay ejemplos históricos que acrediten su viabilidad. La Comuna de París gobernó durante 60 días, pero un ejército bien pertrechado y con una poderosa artillería barrió a los rebeldes. Los comuneros no eran simples ciudadanos, sino en muchos casos oficiales y soldados de la Guardia Nacional. Se luchó calle por calle, casa por casa. Los niños y las mujeres se involucraron en las escaramuzas. La represión fue terrible. Al menos, se fusiló a 20.000 rebeldes. La Comuna logró mantener los servicios básicos de la ciudad, pero fracasó al organizar su defensa. Cada barrio luchó por su cuenta, sin una estrategia común. Por el contrario, el ejército de Versalles lanzó su ofensiva bajo las órdenes de un mando central. Los barrios fueron cayendo uno tras otro, no sin ofrecer una heroica resistencia. No estamos en guerra, pero la derrota de la Comuna muestra la vulnerabilidad del poder asambleario. La URSS salió adelante gracias a las decisiones de Lenin, que subordinó los soviets a un Soviet Supremo, pese a que sus intenciones iniciales eran destruir al “parásito”, es decir, al Estado.

 

¿PODEMOS CAMBIAR EL MUNDO?

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Se han dicho muchas cosas sobre el origen de Podemos. Algunos afirman que es una creación de Izquierda Anticapitalista, un Espacio Alternativo fundado en 1995 por militantes de la Liga Comunista Revolucionaria. La Izquierda Anticapitalista se declara revolucionaria, internacionalista, socialista y feminista. Se identifica con el marxismo, pero desde una perspectiva plural, abierta y crítica. En 2009, se inscribió en el registro de partidos políticos. No es una creación del 15-M, pero sintonizó con muchas de sus reivindicaciones. Otros sostienen que Podemos es una plataforma creada para forzar el relevo generacional en Izquierda Unida. De hecho, Pablo Iglesias Turrión mantiene unas excelentes relaciones con Alberto Garzón y ha manifestado públicamente que el joven diputado de IU debería encabezar la coalición. Por su parte, Garzón afirma que IU y Podemos convergerán en un futuro no muy lejano. Algunos entienden que ese encuentro significará la superación de la crisis interna provocada por la alianza con el PSOE en la Junta de Andalucía. Aunque las bases se manifestaron a favor de entrar en el Ejecutivo, la participación de IU en la política de recortes ha producido un hondo malestar y una notable pérdida de credibilidad. ¿Hasta qué punto coinciden IU y Podemos? Podemos pide la salida de la OTAN e Izquierda Unida manifiesta que debe crearse otro modelo de seguridad, que nos aleje del imperialismo norteamericano. Ni Podemos ni IU plantean salir del euro, pero sí refundar la Unión Europea para combatir la política neoliberal de la Troika. Por el contrario, el Frente Cívico de Julio Anguita sí se muestra partidario de salir del euro. El tema del euro no es una cuestión marginal, sino una pieza clave de la política actual y futura. Es difícil predecir lo que sucedería si España adoptara esta alternativa. Algunos profetizan un verdadero apocalipsis: fuga de capitales e inversiones, colapso del crédito, incremento de la deuda por la depreciación de la peseta o de la nueva moneda.

¿Se puede luchar contra todo esto desde las instituciones? ¿Podemos y una Izquierda Unida renovada pretenden ser la versión española de la revolución bolivariana, rebelándose contra la Troika y el imperialismo norteamericano? ¿Es posible avanzar hacia el socialismo por vías pacíficas y exclusivamente democráticas?

Al fin y a la postre, parece que los dos Podemos -el venezolano y el español- comparten el mismo modelo de Estado, las conjeturas de lo que podría ocurrir en España, son eso: conjeturas. Sin embargo lo que le está ocurriendo a Venezuela es una realidad incontestable, una realidad que ha hecho que los venezolanos vivan peor desde que el bolivarianismo chavista comenzó a aplicar sus recetas. Si se une esta reciente realidad con el fracaso histórico de las políticas marxistas, la duda de como resultaría aplicar el experimento en España, queda más que resuelta. Y no digamos si al final pensamos que esta nueva ola añora lo que simboliza para nosotros la II República.

 

Enlaces relacionados:

“El dinero venezolano riega los hongos (CEPS) de la Fundación de Pablo Iglesias”: http://wp.me/p4kR84-5h

“Pablo Iglesias, ensalza al demócrata Hugo Chávez”: http://wp.me/p4kR84-fv

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