La eterna guerra en el país de nunca Hamás


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Aquí se da por sentado el axioma de que la maldad se concentra en Israel porque este país tiene más medios para matar en una guerra. Y es cierto que la respuesta israelí resulta terrorífica, pero no me olvido de lo que significa el Hamás. Creo que los españoles, que vivimos en paz, podemos permitirnos opiniones moderadas. Por eso me atreveré a escribir este texto, aunque sé que muchos consideran una herejía el intento de poner a cada cual en su sitio. Es mi opinión y puedo estar equivocado. Espero aportar algo al intercambio de fotos de niños muertos y bravuconadas militaristas que se ha adueñado del debate en mi país.

Dos posiciones radicales se retroalimentan: el bloqueo a los territorios palestinos de Gaza condena a la pobreza a miles de personas y las pone en manos del fundamentalismo; del otro lado, el Hamás lanza cohetes a Israel, lo que justifica para muchos israelíes la respuesta militar de su Gobierno. No soporto el simplismo: en Gaza hay liberales que detestan al Hamás y en Israel hay un fortísimo movimiento de la sociedad civil que se posiciona en contra de la guerra. Aun así, todo se puede justificar.

El bloqueo a Gaza tiene explicación: Hamás, que manda hoy día en gran parte de Palestina, alude explícitamente a la “destrucción del Estado de Israel.” Desde que se levantó el muro, los atentados mortales en Israel han descendido de forma drástica. Del otro lado, los cohetes tienen también una explicación: muchos palestinos creen que su porvenir pasa por combatir contra los israelíes.

Desde la fundación del estado de Israel, todos los países del entorno le han declarado la guerra en una u otra ocasión. Los israelíes se han defendido siempre como gato panza arriba. Todos los ciudadanos hacen un servicio militar de tres años y luego pasan a la reserva. La sociedad está militarizada, viven en un país rodeado de enemigos. Gracias al ejército israelí sigue existiendo aquel país. Compatriotas míos aluden a la creación del Estado de Israel como causa de todos los males pero ha pasado demasiado tiempo de aquello: tres generaciones han nacido en ese país.

En este momento, la única solución pasa por la convivencia.

La defensa sin matices a Palestina que se hace en mi entorno me ofende. Contiene una aceptación de la propaganda del Hamás en a que Palestina debería ser un estado, pero los israelíes necesitan la garantía de que el estado de Palestina no les declarará la Guerra Santa al día siguiente de su fundación. La desconfianza tiene sentido. Centrémonos en lo que ha ocurrido hasta ahora: cuando Israel cede territorios, se lanzan cohetes a Israel desde esos territorios.

La defensa sin matices a Palestina que se hace en mi entorno me ofende. Contiene una aceptación de la propaganda del Hamás. Repito que me aterra la respuesta israelí a los ataques palestinos, pero no por ello voy a volverme ciego a la hora de saber quién manda hoy en Palestina.

Cada dos años, los integristas consideran que es hora de revitalizar su nivel de propaganda y lanzan cohetes a Israel. Hamás sabe que Israel responderá con extrema violencia. Hay que plantearse entonces por qué lanza cohetes Hamás. ¿Destruirán esos cohetes al Estado de Israel? No, pero la respuesta israelí será la garantía para nuevas ayudas internacionales a Palestina. Ayudas que Hamás “distribuirá” entre la población civil a cambio de adhesiones a la Guerra Santa.

Cada bombardeo israelí sobre Gaza viene precedido por una llamada de teléfono. Debemos plantearnos por qué no corren hacia los refugios los habitantes de Gaza.

Los integristas de Palestina desean la destrucción del estado de Israel, pero carecen de los medios necesarios para tal masacre. Sí que tienen medios para convencer a civiles para que actúen como escudos humanos. Son civiles desesperados por la pobreza prolongada, fanatizados por una versión contaminada del Islam y sobornados por las ayudas sociales que Hamás reparte a cambio de adhesión.

Leo noticias sorprendentes. Por ejemplo que, a los cuatro días de ofensiva israelí contra Gaza, “un niño jugaba en un jardín y fue alcanzado por una explosión.” Hay que darle muchas vueltas a estas informaciones de apariencia sencilla: Israel avisa de cada bombardeo a la autoridad palestina. ¿Un niño juega en un jardín en plena guerra? ¿Por qué juegan los niños al aire libre en Palestina mientras caen las bombas? En Israel hay un refugio debajo de cada vivienda y Gaza era hace pocos años territorio israelí. ¿Qué ha pasado con los refugios que construyeron los israelíes en esa ciudad? No son preguntas intrascendentes.

Otro punto importante: el ‘ejército’ del Hamás va de paisano y usa edificios de viviendas como cuarteles. El Hamás sabe que por cada víctima en Palestina aplica una capa más gruesa de maquillaje sobre su intención. Desde hace años, Israel prohíbe fotografiar a sus víctimas. Sin embargo parece que broten cámaras en Gaza del cráter de cada explosión.

Israel culpa al Hamás de cada una de las víctimas. La afirmación israelí es falsa y verdadera. En 2012, Israel voló un colegio desde el que se disparaban cohetes. Es abominable que Israel vuele un colegio, pero si un tipo, por la defensa de España, lanzase cohetes al país vecino desde el colegio de mi barrio, yo y otros como yo, echaríamos a patadas a ese perturbado. Y más si en ese colegio se reclutase a los niños a modo de ‘Academia militar’.

Sólo levantando el bloqueo israelí y haciendo posible el porvenir en Gaza y demás territorios palestinos se podrá empezar al combatir el fanatismo. Pero no habrá paz si las zonas desbloqueadas se convierten de nuevo en nidos de terroristas.

No puedo mediar entre israelíes y palestinos con este texto, pero espero haber aportado un poco de mano izquierda al debate español. No me parece sensato pasarse la tarde compartiendo fotos de niños muertos en las redes sociales sin ir un poco más allá de la imagen escabrosa. Tampoco me parece sensato ignorar que la brutalidad de la respuesta israelí socava cualquier intento de la sociedad civil por acercar posiciones. Palestina e Israel tienen una amyoritaria sociedad civil que es la gran olvidada por la opinión pública internacional. Muchos israelíes y muchos palestinos llevan años intentando acercar posiciones. Árabes y judíos conviven en Israel, y saben que hay verdugos a ambos lados del muro.

La palabra ‘convivencia’ será la única que suene cuando acabe este conflicto bélico. Ni destrucción del estado de Israel, ni extermino del último palestino sobre la faz de la tierra. Convivencia. No hay palabra más terrible para los fundamentalistas.

 

 

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