El padre Pajares saca los colores a más de uno.


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Ha bastado que un sacerdote de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios haya sido infectado por el virus del Ébola para que el Gobierno, con buen criterio, haya decidido repatriarlo como corresponde, para que algunos significados mercachifles de la izquierda hayan puesto el grito en el cielo y hayan recomendado a los españoles rezar el rosario ante la catástrofe que se nos avecina por infección masiva.

Lo han dicho dirigentes de Izquierda Unida (IU), a los que se les llena la boca de “solidaridad”, “respeto a los derechos humanos”, “ayuda humanitaria”, etc… Pero que a las primeras de cambio quedan en la más absoluta de la inconsistencia.

No quiero creer que su negativa a repatriar al padre Pajares lo sea por su condición de sacerdote. Porque este cura y otros muchos miles sí que dan la vida por sus semejantes a cambio de nada; sí practican la solidaridad que los émulos castristas y de Honecker vociferan pero cuando llega la ocasión prefieren tostarse al sol en las payas baleares que ponerse el delantal para ayudar a los parias de la tierra.

Por eso digo que el virus del padre Pajares les ha dejado en evidencia. Cuando tengan el coraje de este religioso católico –insisto, a cambio de nada, en todo caso de aumentar su particular Fé-, que nos vengan con sus monsergas de panfleto y entonces es posible que les creamos algo. Porque poner el grito en el cielo porque el gobierno español intente tratar la enfermedad de uno de sus ciudadanos y exigir el pago del transporte a los Hermanos Hospitalarios dada cabal idea de la cutrez de tales personajes. No hay que olvidar que el Estado ha gastado más de cincuenta millones de euros en repatriar a cooperantes de ONG, periodistas, enfermeras… ¡Es la primera vez que se plantea que el coste pase a cuenta de unos religiosos! ¿O es por ello?

Mientras los Lara, Llamazares, Garzón, Santiago y demás coleguillas de la cosa están tirados disfrutando de sus vacaciones -¿Cuba, quizá? ¿Venezuela, quizá? O la sierra madrileña- los religiosos y religiosas de los Hospitalarios siguen ahí en el estercolero del mundo con los excluidos ayudando, dando el callo y con todas las posibilidades de contagiarse.

Esta es una pequeña diferencia entre la prédica y el trigo.

Originalmente publicado en El Confidencial.

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