Nos han convertido en títeres globalizados.


Desde las civilizaciones griega y romana hasta hoy, las democracias se han venido perdiendo por el uso de la fuerza y de la demagogia, especialmente por ésta última que es la vedadera culpable de la corrupción de la palabra en forma de mentira -o de propaganda- que envenena sin pudor la vida ciudadana.

Ya no se estila tanto el uso de la fuerza porque los sátrapas saben bien que hacer un trabajo metódico y silencioso -como si de un mal cáncer se tratase- con el poder de la palabra es más efectivo que el de las armas. Mayer Amschel Rothschild, mostrado su acertada visión para el control social en los albores del s.XIX cuando afirmó: “Dénme el control sobre la moneda de una nación, y no tendré que preocuparme por aquéllos que hacen las leyes”.

Esta clase de ideología es la que padecemos con el concurso de los necesarios ejecutores materiales como lo son los Gobernantes, Diputados y Senadores, Poder Judicial y diversas Organizaciones satélites, entre las que se hallan los imprescindibles medios de comunicación convertidos en poderes fácticos de propaganda que ejecutan con maestría su pérfida obra liberticida en un calculado adoctrinamiento de masas.

Todos los días, a todas las horas y por diferentes medios, una legión de fabricantes de opinión: políticos, comunicadores e intelectuales, utilizan la palabra y el gesto para contribuir a este magno proyecto de creación de un pensamiento único intencionadamente dirigido.

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