¿Qué castigo merecen los espectadores?


El 5 de septiembre de 1379, una piara de cerdos de un monasterio de Borgoña mató a Perrinot Muet, el hijo del porquero.

Los cerdos fueron arrestados, juzgados y condenados a muerte: tres de ellos como autores materiales y los restantes como cómplices, por quedarse mirando y gruñendo agresivamente mientras sus congéneres mataban al niño.

Aunque hoy pueda sonarnos raro, en la Edad Media no era infrecuente que se juzgara y condenara a animales, como si fueran seres humanos. Se condenaba a perros, cerdos o mulas por infligir daños a las personas o a los bienes; se condenaba al exilio a las plagas de insectos que se atrevían a comerse las cosechas; se condenaba a las ratas que infestaban pueblos y ciudades… Existe abundante literatura sobre el tema. Sabemos, incluso, de la condena a muerte de unos delfines en Marsella en pleno siglo XVI.

Pero volviendo al caso que nos ocupa, tras la condena a muerte de la piara de cerdos, el prior del monasterio, Humberto de Poitiers, viendo el quebranto económico que la congregación sufriría si toda la piara era ajusticiada, apeló al Duque de Borgoña. En su misiva, el prior solicitaba la clemencia del Duque para aquellos de los cerdos que solo habían sido testigos del crimen, sin participar activamente en él. El Duque se dignó a escuchar las peticiones del monasterio y ordenó que se ejecutara únicamente a los tres cerdos responsables de la muerte del niño.

Como pueden ver ustedes, eso de intentar aprovechar el favor de los poderosos para conseguir indultos por la puerta de atrás, no es nada nuevo. Probablemente, si la piara hubiera pertenecido a un particular en vez de a un monasterio, el Duque de Borgoña ni se habría molestado en leer la petición de clemencia y todos los cerdos habrían terminado en la horca o en la hoguera.

El episodio revela también que la supeditación de la Justicia a los intereses económicos tampoco es nada nuevo. Una cosa es la Justicia en abstracto, que exige el sacrificio de todos los cerdos, y otra muy distinta su aplicación práctica: si por ejecutar lo que la Justicia ordena, dejamos al monasterio en la ruina, quizá convenga buscar algún argumento jurídico que permita anular la sentencia. Al fin y al cabo, la Justicia no es una ciencia exacta, y todas las partes tienen derecho a agotar los instrumentos que tienen a su alcance, para lograr un resultado lo más favorable posible.

Pero en lo que me quiero fijar es en otro aspecto de la historia. Al final, el tribunal decidió sentenciar a la misma pena a los cerdos que habían matado al niño y a los que se habían limitado a quedarse mirando mientras sus congéneres “delinquían”. Y es a esos mirones a los que el Duque de Borgoña terminó indultando, atendiendo al argumento del prior de que las responsabilidades de unos y otros no eran las mismas.

Y es verdad que no eran las mismas. No es lo mismo cometer un delito, que no hacer nada para impedir que se cometa. En ocasiones, cuando tienes en tu mano impedir que se cometa el delito y no lo impides, puede que tu responsabilidad sea incluso mayor que la del delincuente directo. Por ejemplo, si un representante de la Ley, equipado con su arma reglamentaria, asiste sin inmutarse a la paliza que unos canallas le dan a un mendigo, su responsabilidad es igual o mayor que la de los agresores.

Pero en muchas otras ocasiones, alguien puede ver cómo se comete un delito y no hacer nada, simplemente porque no está en condiciones de impedir que el delito se cometa. En ese caso, ¿qué responsabilidad tienen esos “espectadores”?

En España, hemos entrado en la fase donde el barril de la corrupción se ha desbordado y ya se dispara a bulto sobre todo lo que se mueve. Todos los ciudadanos, yo incluido, tendemos a realizar descalificaciones en bloque de determinados partidos, o incluso de toda la clase política.

Es verdad que, en los partidos tradicionales, la corrupción y el despilfarro parecen algo generalizado. Pero también es verdad, sin embargo, que no todos los miembros de esos partidos son corruptos o despilfarradores.

Se aproxima una época de catarsis. Y antes o después nos tendremos que enfrentar a la pregunta de qué hacemos con los “espectadores”. ¿Qué hacemos con todos los miembros de esos partidos que, sin ser ellos mismos corruptos o despilfarradores, asistieron sin embargo, sin inmutarse, a las corrupciones y despilfarros de sus compañeros de partido?

Como norma general, no me gustan las cazas de brujas. Bien está que los delincuentes o los manirrotos sean apartados de la vida pública, pero ¿resulta justo aplicar el mismo rasero a quienes simplemente se limitaron a dejar hacer, quizá porque no veían modo de impedir lo que estaba sucediendo?

La gente válida y eficaz no abunda. En ese sentido, no creo que España pueda permitirse prescindir de tanta gente válida y eficaz, hoy encuadrada en partidos como el PP o el PSOE. No sé exactamente cómo se podrá integrar en los nuevos partidos nacientes a toda esa gente rescatable, sin correr el riesgo de que esos nuevos partidos se echen a perder. Ni estoy tampoco muy seguro que sea sensato lo que propongo. Pero tengo la intuición de que si la catarsis que se avecina se deja arrastrar por la pendiente del simplista “borrón y cuenta nueva”, todos saldremos perdiendo.

Las soluciones drásticas tienen el atractivo de la sencillez, y una manera de empezar de cero es, qué duda cabe, apartar de la vida pública a todo aquel que haya tenido responsabilidades durante la etapa anterior. Pero, ¿es sensato empezar siempre de cero? ¿No es mucho más sensato utilizar el sentido común y aprovechar todo aquello que merezca la pena aprovechar de nuestra actual situación?

España es un país de bandazos históricos. Pero los bandazos no son necesariamente buenos. En ocasiones, es mejor actuar con algo más de inteligencia y pragmatismo.

Fuente: editorial de Luis del Pino, de su programa del 13/12/2014

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