La II república: Un periodo negro para las cofradías


En una época de agitación social, revueltas y cambios de gobierno, las cofradías sufrieron una importante recesión tras la bonanza de principios del siglo XX.

“Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”. Con estas palabras se despedía de España el rey Alfonso XIII tras las elecciones celebradas el domingo 12 de abril de 1931, en las que salieron ganadoras en 41 capitales de provincia las fuerzas opositoras a la Corona. El monarca dejaba el Gobierno dos días después, dando paso a la II República, un periodo histórico que se extendió hasta 1936 y que supuso una clara recesión para las hermandades y cofradías de Sevilla. Se puede decir que hubo un antes y un después a estos cinco años y pocos meses. El cofrade e investigador Juan Pedro Recio Lamata ha recogido el devenir histórico de las hermandades en esta etapa clave de las historia en el libro Las Cofradías de Sevilla en la II República (Abec Editores). “Las hermandades y cofradías de Sevilla venían de experimentar un periodo de esplendor en los años 20. Fue una década en la que se fundaron varias corporaciones. También se reorganizan otras. Hubo grandes estrenos, tanto de imágenes, como de pasos. Hay que recordar la irrupción de Antonio Castillo Lastrucci. De esos años datan las últimas grandes obras de bordado de Rodríguez Ojeda, por ejemplo”, explica Recio Lamata.

Con la llegada del nuevo régimen las hermandades y cofradías se ven abocadas a una época de clara recesión y muchas sombras. Hay una importante crisis económica mundial, inestabilidad social, conflictividad laboral e incertidumbre ante el futuro. “La difícil situación lastra, de manera muy considerable, la vida interna de las 45 cofradías que existían. Hay una merma importante en el número de hermanos. Sólo la Macarena y el Gran Poder pasaban de los 1.000. Otras, apenas llegaban o superaban los 100”. Es un tiempo de grandes apreturas económicas. Hay que afrontar los pagos de los grandes estrenos de los últimos años. La nueva constitución republicana había suprimido las ayudas económicas a la Iglesia, y por ende, la subvención a las cofradías que otorgaba cada año el Ayuntamiento, lo que afectaría de manera negativa a las estaciones de penitencia al no disponer de recursos. De las 45 cofradías, el Santo Entierro no salía de manera habitual y la de los Negritos arrastraba graves problemas internos tras retirarle el cardenal Ilundáin sus reglas en 1930.

Durante los primeros años de la República (1932-1934) los estrenos se limitan a las Dolorosas de la Quinta Angustia (1932) y la de la Hiniesta (1933), ambas se realizan para reponer las que se perdieron. “Hay que esperar a 1935 para iniciar un resurgimiento en este terreno debido a la normalización de las estaciones de penitencia. Hay grandes estrenos en cuanto a bordados y orfebrería”, revela el autor del libro.

La última Semana Santa sin sobresaltos fue la de 1931. El Domingo de Ramos fue el 29 de marzo y la República no llega hasta el 14 de abril. En mayo comienzan los primeros ataques a los sentimientos religiosos. Fruto de estas actuaciones comienza un primer periodo de ocultación de imágenes. Este tiempo se extendería hasta agosto de 1932: “Las cofradías empiezan a suspender sus actos y a ver alterada de manera notable su vida diaria”. Un caso curioso es el de los Estudiantes. Con el nuevo gobierno la iglesia de la Anunciación pasa a ser Paraninfo de la Universidad. Las imágenes de la cofradía -el Cristo era propiedad del Estado, pero la antigua Virgen, no- se quedan en su interior y la cofradía no puede hacer uso de ellos: “La Hermandad se va al Salvador y allí sigue su vida sin sus titulares. Celebran los cultos un año ante el Cristo del Amor y el resto, ante unos cuadros. Incluso plantean la posibilidad de extinguirse ante tal situación en un cabildo celebrado en 1933”. El control que quiere tener el Estado sobre las cofradías se hace patente desde el primer momento: hay que comunicar al Gobierno Civil la convocatoria de cabildos, y también debían conocer las disposiciones y artículos de las reglas de las corporaciones.

Ante los ataques y la incertidumbre generalizada, las cofradías empiezan a adoptar medidas de autoprotección. La primera hermandad que oculta sus imágenes es la Quinta Angustia: “La Virgen y las imágenes del misterio se guardan en una cripta de la capilla. Al Cristo lo llevan a una casa de la calle Bailén, frente a la sacristía de la Magdalena”. La Soledad de San Buenaventura encerró a la Virgen -aún de rodillas- en una caja de metal. “Sólo se abría para recibir culto, y por las noches se cerraba”. El Cachorro instala un sistema similar para el crucificado, pero en este caso la caja está forrada de amianto. En el convento franciscano también idean un innovador y sencillo sistema contra incendios consistente en una canaleta que impedía que se arrojara líquido inflamable por debajo de la puerta: “No hay que olvidar que hasta en tres ocasiones le intentaron meter fuego al edificio. Una de las veces fue abortada por una pareja de policías que pasaba por allí”. El Gran poder convirtió su capilla del San Lorenzo en una especie de búnker. Instaló unas puertas de hierro, que aún se conservan, que cerraban por las noches para proteger a las imágenes. En ocasiones esporádicas, un retén de soldados de la cercana Capitanía General de la plaza de la Gavidia, hacía guardia.

En diciembre de 1931 las cofradías se reúnen con la autoridad de cara a preparar la Semana Santa. El Gobierno Civil las intenta tranquilizar para que haya normalidad, pero el clima antirreligioso era muy elevado. “Las hermandades exponen que cómo van a sacar a la calle a una imagen de Cristo crucificado cuando el Gobierno ha retirado los crucifijos de las escuelas. Además, no tenían dinero suficiente por la merma de hermanos y porque retiraron las subvenciones”. El Ayuntamiento, en contraprestación por no aportar dinero, cede a las hermandades el suelo de la carrera oficial para que con su gestión obtengan ingresos. Cuatro cofradías manifiestan su intención de procesionar: la Exaltación, la O, la Estrella y la Esperanza de Triana.

En febrero de 1932, las cofradías se unen en una federación: “La intención era estar unidas y darse coberturas unas a otras ante la tensa situación aportando una voz común”. En el cabildo de salida del Gran Poder su hermano mayor, Adolfo Rodríguez Jurado, arengó de la siguiente manera a los hermanos, según recoge Recio Lamata en su libro: “No saldremos en procesión este año, pero no importa; este desbordamiento de laicismo y de impiedad pasará y volveremos a hacer estación con nuestras sagradas imágenes, arrancando como siempre al pueblo sevillano lágrimas y sollozos de piedad, y acaso, algunos de arrepentimiento, porque, no lo olvidéis, podrán rodar los cetros y las coronas por toda la redondez de la tierra, pero hay un trono que no rodará jamás y ese trono es el que tiene levantado Sevilla, y cada uno de nosotros en el corazón a Nuestro Padre Jesús del Gran Poder”. Aquella Semana Santa sólo salió finalmente la Estrella. La hermandad, en las algo más de seis horas que estuvo en la calle, sufrió varios atentados.

El 8 de abril de ese mismo año se produce el primer ataque directo a un templo en el que había cofradías. Dos jóvenes incendian la iglesia de San Julián. En el suceso se pierden las imágenes de la Hiniesta, entre ellas, la Dolorosa atribuida a Martínez Montañés y la talla gótica. Muchas imágenes vuelven a ser ocultadas. La Macarena llegó a proyectar un sótano bajo la capilla de la hermandad en San Gil para que las imágenes se ocultaran por las noches. La idea se descartó por complicada y costosa. La Macarena, la cofradías más populosa, y San Esteban, la más nueva, ponen en práctica una curiosa acción en 1932. Como tuvieron que suspender su salida procesional ese presupuesto lo destinaron a ayudar a personas desfavorecidas de sus barrios. El Cachorro, ofreció 10 dotes de 150 pesetas cada una a muchachas de Triana de familias humildes que se fueran a casar ese año y por la Iglesia.

De este modo se llega a 1933. Un año tristemente excepcional para las hermandades y cofradías de Sevilla. “Es la única Semana Santa del siglo XX sin procesiones. Y esto ocurre cuando se cumplen 19 siglos de la pasión de Cristo”. Para conmemorar esta efemérides se celebró un triduo en la Catedral. Las cofradías también dieron mayor realce a sus cultos internos: “Expusieron a sus imágenes en vistosos altares, o en sus pasos procesionales, aunque no pudieron disipar la tristeza y decepción de ver a la ciudad despojada de la Semana Santa”. Entre los pasos que se podían contemplar en los templos estaban los de las Aguas, Santa Cruz, las Siete Palabras, la Exaltación, la Quinta Angustia y los Gitanos. Otras, como la Cena, la Amargura o la Esperanza de Triana montaron sólo el paso de palio.

Diversas circunstancias, como el triunfo de una coalición de partidos conservadores católicos, la Ceda, en las elecciones generales de noviembre de 1933, posibilitó que en los meses previos a la Semana Santa de 1934 se rebajara la tensión. “Algunas hermandades encontraron un ambiente más propicio para retomar las salidas”. Se adoptaron importantes medidas de seguridad, como que no se pudieran ver los cortejos desde las azoteas para evitar que se lanzaran líquidos u artefactos, como le ocurrió a la Estrella en 1032. Salieron un total de 13 cofradías. El giro político y la experiencia positiva de 1934, además del restablecimiento por parte del Ayuntamiento de las subvenciones, posibilitaron que todas las cofradías volvieran a salir en 1935.

La última Semana Santa de la República, la de 1936, transcurrió sin incidencias notables, aunque marcada por un tenso ambiente. “Las elecciones del 16 de febrero fueron ganadas por el Frente Popular, una potente coalición de izquierdas. Esta circunstancia y el progresivo deterioro del orden público hacían presagiar que las hermandades vivirían tiempos difíciles”. Muchas corporaciones sopesaron la conveniencia de extremar las medidas de seguridad ante el temor a nuevas “ofensivas”.

Las nuevas circunstancias políticas y los vaivenes sociales de febrero de 1936 hicieron aflorar, una vez más, la preocupación de los cofrades. Se adoptaron de nuevo fuertes medidas de seguridad, al igual que ocurrió al comienzo de la República y se ocultaron numerosas imágenes por temor a que se perdieran para siempre. Son muchas las ocultaciones que se producen, todas ellas descritas con todo detalle en el libro Las cofradías de Sevilla en la II República, de Juan Pedro Recio. “Hermandades como la Estrella, la Cena o la Macarena, llevan sus imágenes a domicilios particulares, aunque en Semana Santa fueron devueltas a sus templos para ser entronizadas en sus pasos”.

Tras la Semana Santa, otras corporaciones actúan de igual manera. Muchos templos ofrecieron una imagen inédita con altares vacíos: “Entre los meses de abril y julio, la actitud preventiva fue una constante. Otra vez se produjo una vigilancia sobre las iglesias y hubo un nuevo período de ocultaciones y retenes de guardias nocturnas de cofrades y feligreses”.

Tras la sublevación militar del 18 de julio de 1936, grupos de exaltados y radicales ideológicos arremetieron contra importantes joyas artísticas, provocando el incendio, el saqueo y el expolio de un buen número de iglesias: “Esta barbarie constituyó la mayor destrucción del patrimonio histórico y artístico de la ciudad en el siglo XX”. Las hermandades que mantuvieron sus imágenes, o no pudieron evacuarlas de sus templos, sufrieron graves pérdidas: “La lista sería muy larga de reseñar. San Roque, la Hiniesta por segunda vez, San Bernardo, el crucificado de la Salud de Montesión, los Gitanos, la Virgen de la O. El Cristo de San Agustín, que fue durante siglos una referencia devocional en Sevilla, incrementa esta relación de pérdidas, a las que habría que unir una gran cantidad de imágenes no procesionales, tallas secundarias, retablos, pasos, enseres, archivos y otros elementos de suma importancia”.

La Semana Santa de 1937, finalizada la Guerra Civil en Sevilla, llegó cargada de improvisaciones, siendo la más novedosas del siglo XX por el gran abanico de estampas inéditas que trajo consigo.

Originalmente publicado en El diario de Sevilla el 13.04.2011

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