La Coca Cola comunista


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Al finalizar la Segunda Guerra Mundial media Europa estaba dividida entre los Aliados, principalmente EEUU, y la Unión Soviética; ambos se habían repartido el continente y esta diferencia se sostendría durante cincuenta años de Guerra Fría. Pero en 1946 todavía era una guerra templada, se detestaban, sí, pero al fin y al cabo habían vencido al nazismo y todavía no se odiaban lo suficiente.

El caso es que Coca Cola fue una de las empresas que, ni lenta ni perezosa, se metió de golpe en el viejo continente a recuperar su producción y su clientela, básicamente el problema que tenían los EEUU era que los soldados estacionados en el viejo continente tomando porquerías de posguerra -que hasta habían dejado a unos cuantos soldados ciegos-, así que recuperar las plantas de la gaseosa fue un cometido definido del presidente norteamericano Harry Truman delegando la empresa en Mladin Zarubica quien se encontró en su trabajo con muchas historias, en especial esta que quizás sea la más llamativa: tener que crear una Coca Cola para un Mariscal Soviético.

Zarubica había logrado restablecer la producción y en poco tiempo ya producía en Austria unas 24.000 botellas por día y en dos años había establecido 38 fábricas nuevas, hasta comprando fábricas abandonadas y acopiando materias primas para evitar que su competidora Pepsi Cola entrase en el negocio. Fabricaba hasta su propio CO2 porque no encontraba en el mercado local otra de calidad.

El pedido más extraño llego de forma curiosa. Un buen día el Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas en Europa -y futuro presidente de EEUU Dwight D. Eisenhower- que era un declarado fan del refresco en cuestion, a propósito de un encuentro con el Mariscal de la Unión Soviética, Georgy Zhukov le invito a beber una botella.

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Quien iba a pensar que a Zhukov la Coca Cola le gustase tanto que le haría entrar en un terrible dilema: ¿Cómo tomar una Coca Cola que era obvio que era icono representativo del imperialismo norteamericano? Para el hombre que representaba lo más duro del sentir soviético esto era mucho más que un acto de traición, hasta destruiría la moral si llegaba a saberse, además de arriesgarse a terminar en un Gulag en Siberia, cortando árboles congelados con un tenedor.

Zhukov le transmitió su inquietud al general Mark W. Clark, comandante del sector aliado ocupado en Austria, y éste le pasó el mensaje del ruso directamente al presidente Truman. La petición continuó el recorrido de arriba hacia abajo, ahora Truman contactó con el CEO de Coca Cola, James Farley quien coordinó con Miladin Zarubica la forma de hacerle llegar el encargo a Zhukov. Era algo, políticamente, realmente importante pero… ¿Cómo hacerlo?

El problema no estaba en enviarle las botellas, al fin y al cabo por más que hubiese establecido un telón de acero, la frontera con Austria era un colador donde hacían contrabando los oficiales fronterizos, aderezado con un un ir y venir de espías. Pero la Coca Cola tenía una botella muy característica y un color tan llamativo que no iba a ser fácil de camuflar.

El Mariscal ruso era EL emblema soviético, representaba la lucha del proletariado oprimido contra el fascismo y el imperialismo capitalista, y por tanto no se le podía ver al mariscal con una Coca Cola en la mano.

Pero Zarubica era de esos tipos que siempre le encontraban una solución a todo, si en un continente destruído había armado treinta y ocho fábricas en dos años ¿qué iba a impedirle sacarle el color a la Coca Cola? Pues bien, Zarubica encontró el químico que necesitaba -al fin y al cabo mano de obra barata y bien formada sobraba- por lo que logró eliminar el color caramelo a una pequeña producción de la bebida.

Para completar la operación se embotelló en botellas simples, lisas y transparentes, cerradas con una tapita blanca con una estrella roja en el medio, un gran detalle para salvar el prestigio del mariscal. El primer envío de cincuenta cajas salió para la frontera y, como era de esperar, este envío “especial” para Zhukov pasaba todos los controles sin ser ni siquiera inspeccionado por las autorizades fronterizas.

Durante años el flujo de refrescos sin etiqueta, ni color, siguió pasando por la frontera austríaca, el Mariscal luego siguió su carrera política en Moscú y no hay datos de cuantas botellas más siguieron llegándole.

La historia proviene del libro “For God, Country, and Coca Cola: The Definitive History of the Great American Soft Drink and the Company That Makes It” de Mark Pendergrast.

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