La fermentada letrina


por Pedro J. Ramírez   EL ARPONERO INGENUO

07/03/2015

En abril de 1847 el político conservador Juan Donoso Cortés, uno de los hombres más respetados e influyentes de su tiempo, tomó la pluma para denunciar en carta dirigida a Agustín Muñoz, duque de Riansares y esposo de la reina madre María Cristina, que la corte de su hija, Isabel II, se había convertido en “una letrina en fermentación”.

Se refería a la mezcla de escándalos políticos, económicos y sexuales que desde los primeros compases del nuevo reinado dominaban la vida pública española. Era el momento en que el banquero reconvertido en ministro de Hacienda para tapar sus propios agujeros, José de Salamanca, ayudaba a la soberana recién casada con su primo Francisco de Asís, a quien el vulgo llamaría Paquita Natillas, a dar celos a su primer amante oficial, el general bonito Francisco Serrano, con un malabarista que trabajaba en el circo de su propiedad. Y eso que Isabel II aun no había cumplido los 17.

La crónica del cuarto de siglo que duró aquel reinado no fue sino la de la “fermentación” de esa “letrina”. A Serrano y el malabarista le sucedieron Julián Romea, Tenorio, Marfori, el pollo Arana y por supuesto el teniente de ingenieros Enrique Puigmoltó, padre biológico de Alfonso XII y por lo tanto ancestro de todos sus sucesores. Cada uno de ellos condicionaba las decisiones de los sucesivos gobiernos mientras los escándalos de los bancos se transformaban en los de los ferrocarriles.

Pese a la seria advertencia que supuso la Revolución de 1854, saldada con la caída del conde de San Luis y su clan de los polacos, los usos y abusos de la Corte permanecieron inalterables con la peculiaridad de que, para compensar su incapacidad de ceñirse a los moldes morales vigentes, Isabel II terminó rodeándose de una omnipotente “camarilla religiosa”, encabezada por Sor Patrocinio “la monja de las llagas” y su confesor el padre Claret. Esa era la Corte de los Milagros y ese fue el régimen que cayó estruendosamente en medio de la Gloriosa Revolución de 1868. El proceso de “fermentación” había llegado hasta un extremo tal que el hedor de la “letrina” se había hecho insoportable para los españoles.

¿En qué fase de un proceso equivalente nos hallamos ahora? ¿Es aún posible detener la purulenta reacción patógena de los miasmas estancados en las aguas fecales de nuestra vida pública? Podría pensarse que algo hemos ganado cuando ya no hay hábitos y sotanas que, arremangados o no, dicten los designios de las alcobas del poder. Pero tampoco resulta nada tranquilizador descubrir que el punto por el que parecen pasar ahora todos los itinerarios es un comisario de policía en situación de Servicios Especiales.

Me refiero a José Villarejo que, tras los embrollos de la mafia china y las pifias urdidas contra él por Asuntos Internos, ha sido presentado esta semana como remedo de Bertrand Duguesclin en la pugna interna del PP y como trasunto de Sparafucile al servicio del íntimo amigo del Rey Javier López Madrid, en el turbio asunto de su presunto acoso a la doctora Elisa Pinto. Si fueran ciertas esas insinuaciones aviesas, los importantes servicios que me consta que ha rendido al Estado este “007 a la española” podrían ser un atenuante en lo personal pero constituirían un agravante en lo institucional.

Ilustración: Jaime Pandelet

Ilustración: Jaime Pandelet

¿Tan escaso está el Reino de España de recursos como para que sus mejores agentes puedan estar en el mercado de las luchas partidistas y los intereses privados más sórdidos? Y hago esta pregunta dando por hecho que la condición de amigo del Rey y de la Reina del señor López Madrid no le hace merecedor de una protección especial por parte de los aparatos del Estado y que por lo tanto cuando ha buscado el asesoramiento del comisario Villarejo -como él mismo ha reconocido en sede judicial- lo ha hecho a título particular.

Cualquiera que lea con detenimiento y cierta perspicacia el prolijo testimonio de la doctora Elisa Pinto en el blog de EL ESPAÑOL tendrá la sensación de que se trata de un relato fragmentario de lo que se intuye como una relación mucho más compleja y bilateral de lo que ella reconoce. Vamos, que dice la verdad, pero ni dice solo la verdad, ni menos aun dice toda la verdad.

Hecha esta salvedad, lo que de ninguna manera se sostiene como hipótesis cabal es esa gabardina vuelta del revés que las agencias de comunicación e imagen contratadas por el multimillonario afectado, pretenden enjaretar a la opinión, alegando que la acosadora era ella y que todas sus acusaciones son pérfidas fabricaciones del despecho.

¿Por qué una profesional asentada en una consulta abierta al público, dependiente de una clientela en la que la reputación es la confianza, iba a embarcarse en una pelea tan desigual? ¿En qué cabeza humana cabe que una madre vaya a implicar a un niño de diez años en un truculento montaje que supondría hacerle víctima de amenazas inducidas por ella misma y convertirle en testigo presencial de un apuñalamiento fingido, con la sangre manando de su vientre, la UVI móvil presentándose para estabilizar la herida y la ambulancia trasladándola ululando al hospital en estado incierto?

Es posible que los móviles de la denunciante agredida sean espurios y que, como ocurre casi siempre, el muestrario de la condición humana no salga ennoblecido de este lance. Pero lo que más debe preocuparnos no es eso sino el nivel de probabilidad de que una de las partes de lo que primero fue una historia privada y luego un pleito público haya tenido a su favor a funcionarios u organismos del Estado por su condición de amigo íntimo de los monarcas. Una vez reconocida por López Madrid su conexión con el supercomisario, la pasividad primero de la Policía y la aparente parcialidad después de la Guardia Civil, producen una enorme zozobra en este Madrid huelebraguetas en el que cientos de funcionarios y detectives practican seguimientos a diario y se pinchan impunemente los teléfonos con un mero clic de ordenador.

Que no quede la menor duda de que mi opinión sobre el escándalo del ático de Ignacio González sigue coincidiendo con la del penúltimo periódico que fundé. Por muy farruco que se ponga el ya pronto ex-presidente de la Comunidad, de lo que no cabe duda es de que utilizó a una empresa de Delaware, especializada en ejercer labores de testaferro, para hacerse con el inmueble, mediante un contrato de alquiler indiciariamente destinado a enmascarar una compra de muy difícil justificación. Esto no era suficiente para sentarle en un banquillo pero debía haberle apartado hacía tiempo de la vida pública. La sombra de la sospecha le acompañaba allá donde iba como si llevara encasquetada una nube mefítica y poco se habría perdido si su partido le hubiera obligado en su día a dar un paso atrás.

Siendo notoria además la antipatía activa que me profesa -ahí está el audio de su diatriba radiofónica- entraría dentro de la lógica que zapateara hoy sobre su tumba. Sin embargo puede más en mí el desasosiego de comprobar cómo la misma cúpula del PP que durante años ha fingido ignorar el escándalo -en el despacho de Rajoy se habló, en presencia de Bárcenas, de la conexión del ático con el pelotazo urbanístico de Arganda- lo haya utilizado ahora arteramente para tratar de dejarle fuera de la contienda electoral.

No es casualidad que en el PP de Madrid se haya reproducido casi milimétricamente la operación de acoso y derribo de la que ha sido víctima Tomás Gómez en el bando socialista. Ahora resulta que el tranvía de Parla pasaba por la lujosa buhardilla de Estepona. A lo que estamos asistiendo es en el fondo a un intercambio de cromos, o para ser exactos de rehenes, al modo que se hacía con los espías capturados in fraganti durante la Guerra Fría, destinado a facilitar los grandes acuerdos que las fuerzas hegemónicas de la Vieja Política tienen en mente para bloquear el acceso de los agentes de la Nueva Política a la mesa del poder. En San Telmo y la Puerta del Sol se pondrán las primeras barricadas del cinturón sanitario que pretende proteger la Moncloa tanto de la revolución como de la regeneración.

Las primarias arrumbadas por el PSOE y abominadas por el PP han sido así sustituidas por sendas purgas políticas en las alcantarillas de la ciudad a las que, tapándonos la nariz, acudimos a diario los periodistas en cumplimiento del deber, conscientes de que es en ese nauseabundo entorno donde circula la información que concierne a los ciudadanos. ¿Qué hacen en definitiva Génova y Ferraz respecto a sus fraternales compañeros de partido sino gestionar una acumuladora de mierda, digna de ser patentada por el profesorFranz de Copenhague, que abre las compuertas de sus sentinas sobre una expendedora de bocadillos de detritos cuando a la dirección le complace?

Esta es la España de los 40 embanquillados por la primera fase de la Gürtel con los tesoreros del partido a la cabeza y la niña de Rajoy como comparsa. Esta es la España que aguarda las resoluciones sobre los papeles de Bárcenas, el recibí de los 200.000 dineros de la Cospedal y la financiación ilegal en Valencia, en Baleares o en Madrid. Esta es la España que lleva camino de tener que habilitar el Villamarín o el Sánchez Pizjuan para albergar a tantos chorizos como los que habrá que juzgar por los ERE, los cursos de formación y demás subvenciones ilegales de la Junta. Esta es la España en la que cinco Pujoles se balanceaban sobre la tela marinera de una araña y como veían que se resistía fueron a buscar a un camarada. Esta es la España de las tarjetas black en la que si un presidente de una caja prolongaba su jornada laboral para corromperse de sol a sol siempre tenía un jet privado que le trasladara a reponer fuerzas en Cuba.

El dinero no huele pero los que lo saquean apestan. Tantas capas freáticas de heces represadas, durante casi otro cuarto de siglo, desde los roldanes hasta nuestros días han atascado los desagües y desbordado el sumidero haciendo inevitable la fermentación de la letrina. Ahora ni tenemos a Isabel II sentada sobre ese trono ni los “obstáculos tradicionales” están esencialmente asociados a la Corona, pero necesitaremos al menos cuatro campañas electorales para desmantelar el estercolero en el que acumulan sus deposiciones las clases extractivas de la partitocracia. ¿Qué sería de nosotros si los botarates de Hernández y Floriández no nos alegraran de cuando en cuando el día, remitiéndonos -“Those were the days, my friend”– a nuestra edad de la inocencia? ¿Te acuerdas, querido accionista, amigo lector, de cuando bebíamos agua, dormíamos con la puerta abierta y creíamos en el Naranjito?

@pedroj_ramirez

pedroj.ramirez@elespanol.com


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