Apuntes sobre Blas Infante en este día de ‘reflexión’ electoral andaluz


21 marzo 2015


En abril de 1983 el Parlamento de Andalucía reconocía a Blas Infante como padre de la Patria andaluza, alegando ser un “acto de justicia histórica por lo determinante que fue su papel en el proceso autonómico andaluz“.

Blas Infante Pérez nacido en 1885 en Casares (Málaga), fue un precursor de lo que hoy conoceríamos como “un progre“, puesto que tuvo el privilegio de estudiar en los Escolapios de Archidona (Málaga), en una Andalucía campesina, con fuerte analfabetismo, paro y emigración.

 “Yo tengo clavada en mi conciencia, desde mi infancia, la visión sombría del jornalero. Yo le he visto pasear su hambre por las calles del pueblo, confundiendo su agonía con la agonía triste de las tardes invernales…”.  Blas Infante, ‘Ideal Andaluz’ (1915)


Este tipo de cosas son las que dicen escribe Infante, desde su cómoda existencia de Licenciado en Derecho y joven Notario, con tiempo y recursos suficientes para producir ideología local a través del ‘Ideal Andaluz’, que presenta en el Ateneo sevillano en 1914 y publicaría un año más tarde. En 1916 funda el primer Centro Andaluz en Sevilla con el propósito de crear un órgano de expresión de la realidad cultural y social de Andalucía. Promueve la celebración de la Asamblea de Ronda de 1918, donde se asume la Constitución Federal de Antequera de 1883 que pretendía la integración en un Estado conformado por varias entidades territoriales. 

Es en esa misma Asamblea donde se aprueban la bandera blanca y verde y el escudo de Hércules triunfador como símbolos de la Autonomía de Andalucía. 

En 1919 redacta el Manifiesto de Córdoba, en el que reivindica a Andalucía como nación. 

Viaja por Marruecos en busca de la tumba de Al–Motamid (último rey de Sevilla) e investiga los orígenes del flamenco. En 1931, proclamada la Segunda República, Blas Infante regresa a Sevilla como notario de Coria del Río. Allí levanta Dar–al–farah (la Casa de la Alegría), donde pasará los últimos años de su vida. Desde esta residencia retoma su labor pro–Estatuto y vuelve al terreno de la política formando parte, sin éxito, de algunas candidaturas andalucistas y redactando un proyecto de Reforma Agraria que se paraliza en las Cortes. 

En un clima convulso a nivel político y social se prepara el referéndum para aprobar el ansiado Estatuto de Autonomía de Andalucía, pero el estallido de la Guerra Civil en 1936 frena en seco todas las aspiraciones autonomistas. El 2 de agosto de ese mismo año es detenido y el día 11 es fusilado en la carretera de Sevilla a Carmona. 


La patria andaluza de Infante

El 28 de febrero es el día de “la patria andaluza”, en que los politicastros rinden homenaje a Blas Infante. Hace unos años el popular Javier Arenas reprendió a Chávez, porque se le había “olvidado” la ceremonia ¡Qué irresponsabilidad, qué falta de sentido del deber! criticaba el jefecillo autonómico del PP.

Infante era un botarate muy del estilo de la actual chusma política. Para valorarlo, basten unos pocos detalles. 

El sujeto hablaba de “vivir en andaluz, percibir en andaluz, ser en andaluz y escribir en andaluz“. Para escribir en andaluz juzgaba que el alfabeto “castellano” era inadecuado y habría que volver al alifato o alfabeto árabe, pues lo propio de Andalucía, según aquel orate, era la cultura árabe (él mismo se convirtió al islam). 

Según él, Andalucía había sido una nación bajo los árabes, arruinada después por “los reyes castellanos”, por lo que interpretaba como una invasión cristiana, que solo habría traído miseria y atraso. 

Esta sarta de disparates culminó en 1919 en el Manifiesto de Córdoba donde afirmaba: 

“Sentimos llegar la hora suprema en que habrá de consumarse definitivamente el acabamiento de la vieja España. Declarémonos separatistas de este Estado que, con relación a individuos y pueblos, conculca sin freno los fueros de la justicia y del interés y, sobre todo, los sagrados fueros de la Libertad; de este Estado que nos descalifica ante nuestra propia conciencia y ante la conciencia de los Pueblos extranjeros. Avergoncémonos de haberlo sufrido y condenémoslo al desprecio. Ya no vale resguardar sus miserables intereses con el escudo de la solidaridad o la unidad que dicen nacional”. 

Es ciertamente muy típico de la gran cantidad de orates políticos que produce España, envolver sus disparates en una fraseología de “Libertad”, “Humanidad” y demás palabras grandilocuentes.

Obsérvese que una nación es una comunidad cultural dotada de un estado, por lo que el nacionalismo implica la secesión, o la aspiración a la secesión.   Como es natural, la “nación” andaluza necesitaba unos símbolos, para empezar una bandera, que diseñó el orate voluntariosamente, como otro más al norte: Sabino Arana. Una bandera islámica, claro. Se burlaba de las pullas y críticas: “¡Qué gobierno, qué país! ¡Llegan a sentir alarma ante el flamear de una bandera de inocentes colores, blanca y verde! Le hemos quitado el negro como el duelo después de las batallas y el rojo como el carmín de nuestros sables, y todavía se inquietan“. ¡Todo un inocente, el buen Infante! Y lo del “carmín de nuestros sables” está sin duda muy logrado. Los símbolos tienen la mayor importancia, porque condensan las ideas e intenciones de los simbolizadores. Y la intención era, por una parte, asimilar Andalucía al islam y marchar, aunque fuera lentamiente, en esa dirección.

Pues bien, llegó la transición del 78, y socialistas, andalucistas y ucederos de Suárez se pusieron de acuerdo para insultar a los andaluces y a la historia, y la cultura españolas nombrando a Infantepadre de la patria andaluza”. Nada menos. Para adoptar su bandera y sus símbolos y desatar campañas de engaños a los andaluces sobre la realidad de su historia y del orate, a quien en vida muy pocos hicieron caso, pero que en muerte presentaban como emblema de Andalucía y, no menos sangrante, de la democracia. El haber sido fusilado en los primeros meses de la guerra, como tantos otros en los dos campos, con especial sadismo en el izquierdista, le otorgaba, al parecer, el marchamo de demócrata. Tan demócrata como los que hicieron el montaje.

El fraude y la farsa contra España han seguido su curso. Hace algún tiempo lo comenté con unos andaluces, que afirmaban: “Eso no tiene importancia, aquí todo el mundo lo toma a cachondeo”. “No todo el mundo, les contesté. Y esperad un par de generaciones “educadas” en esos disparates, como en Vascongadas o Cataluña, y ya veremos qué pasa”. 

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