España en extinción, y nosotros de espectadores.


Por acción u omisión no solemos reflexionar con seriedad sobre el proceso de descomposición en el que está inmersa la sociedad española (y la occidental en su conjunto). El desorden moral que impera en España coincide con un nuevo embate mahometano. Sin proponer una identificación necesaria e inevitable entre ambos fenómenos, nos limitamos a constatar su simultaneidad en el marco de nuestra decadencia actual, su aparición conjunta en la marcha descendente de nuestra trayectoria nacional. Si no son hechos inseparables el uno al otro, cuanto menos son complementarios, y lo cierto es que llegan de la mano, al calor de un decaimiento general que deja a la intemperie un país a la deriva, sin defensas ni vigor.

Uno de los sintomas más llamativos de ese estado de corrosiva rebelión es el escaso sentimiento patriótico que se aprecia en España. No  confundir Patriotismo con esas masivas borracheras en la vía pública con ocasión de algún triunfo futbolístico nacional. ¿Pero qué patriotismo cabe imaginarse en aquellos que ya no saben quienes son ni a dónde pertenecen, y cuya indefinición alcanza incluso su naturaleza sexual en no pocos casos? ¿Sería explicable el desapego de un pueblo a su historia, a su identidad, a su trayectoria nacional, si este todavía mantuviera intactas las virtudes viriles que hacen grandes y fuertes a las naciones? ¿El desequilibrio moral que lastra como una pesada losa toda posibilidad de recuperación auténtica de una nación postrada en el desorden y la intrascendencia sería siquiera imaginable en una sociedad regida por principios sanos y respetuosa del verdadero sentido de las cosas? ¿Qué patriotismo, qué sentido de lo verdadero y perenne se puede esperar en quienes han perdido toda noción de lo sagrado y lo trascendente, autorrebajados a un estado de animalidad muy por debajo de la natural dignidad de cualquier mamifero de cuatro patas?

En contra del tópico comúnmente aceptado de que los acontecimientos vuelven una y otra vez a producirse de idéntica manera, o siguiendo un mismo patrón, un historiador muy poco al gusto actual, Houston S. Chamberlain, declaraba convencido que “la Historia nunca se repite”. Y si bien ciertos episodios parecen reproducirse de forma extrañamente similar a diferentes épocas de la vida de los pueblos, invitándonos a tomar por aventurada la aseveración del autor de “Los fundamentos del siglo XIX”, una mirada más atenta sobre el objeto de nuestro interés nos predispone a admitir como bien fundada su contundente afirmación tendente a negar la manida afirmación.

Urgidos por encontrar una clave, una pista, un precedente que nos ayude a comprender lo que está sucediendo ante nuestros ojos, pensamos primero que la historia no puede por menos que repetirse cuando se dan las circunstancias que hacen la repetición propicia, sino inevitable: mismos actores en escena, similar degradación de los invadidos, idéntico fanatismo de los invasores, una subversión galopante del orden natural de las cosas, una sociedad que se tambalea, consumida en discordias internas, desnortada y ayuna de todo ideal… Pero nuestro análisis se nos aparece inmediatamente como incompleto y superficial. El escenario actual ofrece semejanzas evidentes con acontecimientos pretéritos, pero el parecido no va más allá de la reproducción de un problema que se presenta en esencia idéntico a un capítulo antiguo de nuestro pasado, faltando en cambio la contrapartida de la solución aportada entonces. No creo incurrir en exageración alguna al afirmar que lo que tenemos encima de los brazos -o mejor dicho, sobre la espalda- es algo que en otros tiempos ya tuvo lugar: una conquista musulmana. Y si Chamberlain dice justo al establecer que la Historia no se repite, no podemos dejar de constatar sin embargo que cuanto menos tartamudea.

Realmente, España se enfrenta a una invasión islámica de tal naturaleza y envergadura que palidece ante ella la de Tarik y Musa del año 711. Pues aquella encontró, después de la derrota inicial y la subsiguiente desbandada, una resistencia tenaz desde el primer día y fue finalmente derrotada tras siglos de esfuerzos, y la actual está ocurriendo sin oposición digna de ese nombre y va camino de llegar a ser irreversible en esta ocasión, vista la marcha que lleva y la escasa oposición que se manifiesta en su contra.

La diferencia capital entre ambos momentos estriba, pues, en la naturaleza de las distintas respuestas a una agresión de un mismo género protagonizada por un idéntico elemento. Nuestra actitud ante la dramática expansión demográfica y cultural islámica en suelo español no guarda parentesco alguno con el antecedente heroíco de una oposición sin desmayo al usurpador, llevada a cabo a lo largo de 30 generaciones, y que culminó en 1492. Por encima de la corrupción de aquellos tiempos, de la degradación que los historiadores atribuyen a los godos españoles en el siglo VIII, de las luchas intestinas de las diferentes facciones, de las Taifas -a modo de nuestras a cuales Autonomías– de la traición de los elementos más flojos de aquella sociedad en crisis, nuestros antepasados supieron sobreponerse a la adversidad y a sus defectos y pudieron resistir con éxito a la dominación extranjera, llevando a cabo una de las más sorprendentes epopeyas nacionales que registran los anales de la Historia.

Llegados a este punto, queda desmentida la vaga creencia infundada de que todo se repite de igual manera a determinados intervalos de tiempo. Francamente, no vemos a los españoles de este tercer milenio recién estrenado tomando resueltamente el control de sus asuntos y decidiéndose por fin a combatir con arrojó como el pueblo que una vez fue, resignados a ser antes yunques que martillos. Una sociedad enferma está irremediablemente expuesta a las contingencias de cualquier ataque. Y todo asalto en esas circunstancias resulta fatal. Un pueblo que ha visto cegadas sus fuentes de energía creativas y ha perdido el instinto de conservación, está destinado a sucumbir a la primera crisis de importancia. Sus dolencias no generan la invasión, pero le facilitan el paso, le aseguran el éxito.

La debilidad de un cuerpo enfermo es la condición propicia para que cualquier agresión externa lo aniquile. Podríamos invocar el descalabro universal de la vida romana en el final del Imperio y las Grandes Invasiones del siglo V para ayudar a la comprensión del estado de un país que ha perdido el control sobre su destino y es ya incapaz de poner orden en sus cosas y freno a sus enemigos. En el apogeo del poder imperial, los mismos bárbaros que terminaron arrasando Roma se estrellaron una y otra vez al pie de sus murallas inexpugnables. Estos asaltantes no eran más fuertes en el siglo V que en épocas anteriores, eran los romanos los que no tenían ya el vigor suficiente para frenarlos.

Uno duda, frenado por ciertos escrúpulos, en expresar descarnadamente y sin más rodeos el fondo de su pensamiento, que quizá no diga más que la frustración de ver el estado penoso de nuestra inferioridad e intrascendencia actuales. Pero lo cierto es que asombra el entendimiento y mortifica el espíritu asistir al deprimente espectáculo de este rebaño apocado y pusilánime, esta masa amorfa sin personalidad ni carácter en que se ha convertido una raza otrora orgullosa y dominadora, imposibilitada ya para reaccionar ante el peligro mortal que le amenaza desde su propia casa, inerme y cabizbaja ante el desafío que le lanza su enemigo más pertinaz y brutal desde el umbral mismo de su puerta abierta de par en par al vendaval que se avecina cargado de negros presagios.

En España, la triste y desangelada España del “patriotismo constitucional y del puralismo étnico-cultural” (!!), empiezan a hacerse patentes los signos inequívocos de un gran fracaso anunciado. Caminamos a pasos firmes y acelerados, cantando himnos de alegría y emitiendo partes de victoria, hacia el abismo definitivo. Si no nos paramos en la mala senda que llevamos, si no reaccionamos a tiempo de conjurar la catástrofe que se cierna sobre nuestras cabezas, habrá que resignarse a lo peor. Nos queda una década o tal vez dos, pero no mucho más. Y España será historia. Una historia que no se repitirá. Ni tartamudeando.

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