Si Castro es Dios y Chávez su profeta, Maduro no podrá ser nunca ni siquiera su monaguillo.


Es penoso el espectáculo que está ofreciendo el Gobierno venezolano en pleno, encabezado por Nicolás Maduro y el segundo hombre fuerte del régimen bolivariano, Diosdado Cabello. Si hubieran contratado al peor enemigo para montarles una campaña de desprestigio, no les hubiera salido mejor, ¿o peor?

Se filtró la información de que fiscales federales de los Estados Unidos, juntamente con la DEA, siglas en inglés con que se conoce al Departamento Antinarcóticos, desde hace años vienen investigando a Cabello bajo sospechas de encabezar el poderoso cartel de “Los Soles” que trafica con drogas y lava dinero negro. La reciente noticia publicada por The Wall Street Journal fue reproducida por el diario ABC y esta, a su vez, publicada por algunos periódicos venezolanos. La reacción no se hizo esperar y Cabello ha logrado que se prohíba la salida del país de 22 directivos pertenecientes a los tres periódicos que publicaron la información. Maduro calificó al diario español como “franquista y fascista” y afirmó que se trataba de un nuevo ataque contra Venezuela proveniente del “eje Madrid-Miami-Bogotá”. Al contrario de ocasiones anteriores, hasta el momento no decidió romper relaciones diplomáticas con España, Estados Unidos o Colombia.
El nombre de este cartel de “Los Soles” que en realidad no es tal, evidencia sin embargo la importancia y el poder que tienen grupos de narcotraficantes, ya que se hace referencia al grupo de élite de las Fuerzas Armadas venezolanas. El nombre viene de una medalla, en forma de sol, que se le entrega a la alta oficialidad cuando asciende de rango. Es decir, este cartel es el que está integrado por la flor y nata del ejército bolivariano.

Aunque es una frase repetida, una vez más Maduro dijo que quien se mete con uno de ellos, se mete con todos y que esos ataques van contra Venezuela. Patético papel de quien se cree encarnar el país mismo en una reacción muy próxima a la esquizofrenia. Él es la nación, él es el Estado, él es la patria misma. ¿Hace falta acaso un diagnóstico médico que certifique su inestabilidad emocional? A ello se le debe agregar que no hay peor enemigo de la libertad y la democracia que los nacionalismos y los patrioterismos. El ejemplo está servido.
En su libro “Historia de las utopías“, Lewis Mumford (Pepitas de Calabaza, Logroño, 2013), escribe: “Bien decía Emerson en su ensayo El hombre reformador que resulta estúpido esperar ningún cambio auténtico o permanente de cualquier programa social que fuese incapaz de regenerar o convertir –se trata de términos religiosos para un fenómeno psicológico común– a las personas que habrían de diseñarlo y llevarlo a cabo” (p. 235). Este último escandalete –porque nunca alcanzan a ser verdaderos escándalos– nos enfrenta de nuevo a la calidad humana e intelectual de los conductores de la famosa “revolución bolivariana”. Quienes pensaron que ellos podían materializar el sueño de Bolívar, que en realidad nunca supieron cuál era, han cometido pecado de lesa ingenuidad. Con el agravante que entre esos ingenuos supinos, se encuentran varios mandatarios y mandatarias de nuestro continente.

Dicen los analistas y los expertos en temas del Caribe, que Hugo Chávez acarició el sueño de que los acontecimientos le hicieran heredero de la Revolución Cubana, que lo ungieran hijo intelectual de Fidel Castro y que pasara a la historia como una suerte de “Castro es Dios y Chávez su profeta”. Pero la historia tiene sus sorpresas y Chávez terminó como un hijo bobo, tan bobo resultó ser que es incapaz de ver a dos palmos de sus narices lo que está ocurriendo. Mientras se dedica a desafiar al mundo, mientras se dedica a insultar a quien se le ponga a tiro, La Habana y Washington están sacudiendo las alfombras que cubrirán los salones de las nuevas embajadas que pronto se abrirán en ambos países. Nicolás Maduro se quedará mucho más solo aún en Caracas, hablando en sus mamúticos programas de televisión transmitidos obligatoriamente en cadena por todos los canales del país. Nada más verles hablar es evidente que tales dirigentes “bolivarianos” no podían ser capaces de llevar adelante ningún proyecto de cambio auténtico de su país y mucho menos diseñarlo. Lo único seguro que se desprende de todo cuanto hemos visto y seguimos viendo es que si Hugo Chávez buscaba ser el “profeta” de Fidel Castro, Nicolás Maduro no podrá ser nunca ni siquiera su monaguillo.

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