Hoy se jugará el final de la Copa, y no se debe permitir que se pite al Himno nacional.


La final de este sábado, 30 de mayo, además de un partido disputado, es sinónimo de pitada himno nacional de España. La primera final de Copa en la que se estrena Felipe VI será una reivindicación política de los procesos soberanistas que aspira a superar todos los precedentes. Aparentemente, parece que tiene que ser algo inevitable, pero, ¿de verdad no se puede hacer nada o es que preferimos no hacer nada? Nicolás Sarkozy es un antecedente de lo que se debe, y se puede hacer; no suspender la competición y jugar el partido a puerta cerrada. Que casi es más cruel que suspenderle.

España debe de ser uno de los pocos lugares del mundo en donde sus ciudadanos se pitan a sí mismos, porque eso es lo que sucede en realidad.

Y es así, porque los que pitan ignoran dos cosas: qué simboliza el Himno, y por qué se interpreta. Y, además, desconocen sus verdaderos orígenes.

Junto con la bandera y el escudo, el himno es uno de los símbolos de España, y, por lo tanto, también es el símbolo de su parte esencial, los españoles, a todos, incluso a quienes dicen que quieren dejar de serlo.

El Himno Nacional es la composición musical representativa de mayor categoría de España. Entonces, ¿hay más? Sí, y depende de los ámbitos en los que nos situemos: en el ámbito militar, los más importantes son el ‘Toque de Oración’ –que se interpreta cada día por la tarde en las dependencias militares en honor de los caídos y también en las ceremonias especiales-, y la ‘Marcha de Infantes’ –que anuncia la llegada de un general a presidir una formación de tropas-; además, están los Himnos de las Armas y de los Cuerpos, los Himnos de las Academias, los Himnos de los Regimientos, etc.

En el ámbito universitario contamos con el ‘Gaudeamus igitur’ que se canta en las inauguraciones y clausuras de los cursos. En el ámbito de las Comunidades Autónomas están sus Himnos respectivos –junto con sus escudos y banderas-, y así hasta llegar a muchas partes de la sociedad, incluidos los clubes de fútbol.

Pues bien; cada una de estas composiciones musicales se interpreta en ocasiones concretas y siempre especiales para resaltar la importancia del acto o de la ceremonia.

Estamos acostumbrados a oír la interpretación del Himno Nacional cuando Rafa Nadal, Jorge Lorenzo o Marc Márquez ganan sus competiciones, al igual que cuando vencen en las finales las Selecciones Nacionales. ¿Qué sentido y significado tienen estas interpretaciones, dedicadas a ciudadanos particulares, si el Himno Nacional es la interpretación musical representativa de mayor categoría de España? Pues, ni más ni menos que ‘como español que eres, mereces el aplauso de todos los españoles’; por eso, también se iza la bandera de España en honor de un particular, uso que ha sido admitido y repetido internacionalmente.

¿Y a la llegada del Rey? ¿Qué sentido tiene interpretar el Himno? Tiene el mismo fondo de saludo especial junto con el componente tradicional de que, como se explica a continuación, sirve de anuncio a los asistentes de que ha llegado.
La creencia errónea sobre el origen del Himno Nacional

En primer lugar, hay que empezar por mencionar el error, que sigue muy extendido actualmente, de creer que el Himno Nacional tiene un origen extranjero. El error de atribuir un origen prusiano de la ‘Marcha Granadera’ nació con un artículo publicado en 1861 en el periódico ‘La España Militar’. El coronel Antonio Vallecillo, conocido estudioso de las ordenanzas, contribuyó a ello en el periódico ‘El Espíritu Público’ el 29 y 30 de septiembre de 1864 relatando una supuesta audiencia que Federico II de Prusia concedió al general español Juan Martín Álvarez de Sotomayor, que tenía el encargo de nuestro rey Carlos III de aprender la nueva táctica prusiana, que hacía furor en toda Europa.

Decía Vallecillo que el rey prusiano quedó sorprendido de esta petición procedente de España, pues sus perfeccionamientos tácticos procedían, según él mismo, de la obra Reflexiones Militares del español marqués de Santa Cruz de Marcenado, famoso general y tratadista militar de principios del XVIII. El general español Álvarez de Sotomayor recibió los reglamentos prusianos y, además, como regalo de agradecimiento de Federico II, la partitura de una marcha que “aceptada por Carlos III, es la que hoy –decía Vallecillo- usamos con el nombre de marcha real”.

El relato creció cuando el periódico ‘Los Sucesos’ del 1 de diciembre de 1868 publicó un largo diálogo de Federico II de Prusia y el capitán general Pedro Abarca de Bolea, conde de Aranda, que repetía lo que había descrito Vallecillo, pero cambiando al personaje español, e incorporando largos párrafos y sutiles matices de cuándo el conde se sorprendía, se mordía los labios o hacía una pausa. Tanto detalle y realismo, junto con nuevos detalles referidos a la partitura, reforzaron la credibilidad del relato.

Posteriores publicaciones (1884, 1903) reiteraban el relato reforzándolo, hasta que fue integrado en la gran Enciclopedia Universal Ilustrada Espasa Calpe (aparecida en 1908) y en obras posteriores hasta el presente.

La marcha de 1761 compuesta específicamente para el desfile de los granaderos del Ejército español, como el resto de los toques reglamentarios, carecía de letra. Otros himnos nacionales, como la Marsellesa o la Internacional, nacieron, ya con letra, en ambientes populares y revolucionarios.

La evolución de la ‘Marcha Granadera’ hasta ser el Himno Nacional de España se debió a su origen militar para rendir los máximos honores y, también, a la belleza y majestuosidad de su composición y no a otros factores.

Por ello, todos los intentos de añadirle a posteriori una letra han fracasado, porque se ha querido imitar a himnos extranjeros, olvidándose de esta peculiaridad netamente española, verdadera seña de identidad. La causa de los reiterados fracasos también está, principalmente, por la oposición al contenido de las letras que cada intento ha recibido por parte de sus opositores en lo ideológico.

Lo que corresponde hacer cuando de interpreta nuestro Himno es, como seña de identidad española, mantenerse en un respetuoso silencio. No tiene sentido, mientras se interpreta, tatarear ni mucho menos, pitar.

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