Felipe VI, el Apóstol Santiago y la batalla de Clavijo


Cuenta nuestra mitología patria que el Rey Ramiro I de Asturias, se reveló en 844 a seguir pagando el humillante tributo al Califato de Córdoba establecido por los sarracenos como condición para no atacar los reinos cristianos. Este impuesto se conocía como el Tributo de las Cien Doncellas consistente en que los reyes asturianos debían enviar anualmente 100 doncellas cristianas: 50 nobles y otras tantas plebeyas.

Decidido a acabar con semejante majadería, el Rey reunió un poderoso ejército para lanzarle contra los musulmanes en el sitio riojano de Albelda. La derrota fue tan dura que el Rey cristiano tuvo que replegarse hasta el cercano lugar de Clavijo con la escasa tropa que había quedado en pié. Sumido en la desesperación, cuenta la leyenda que se le apareció el Apóstol Santiago para anunciarle su intervención en la batalla que habría de ganar al día siguiente al Emir de al-Andalus Abderramán II en la Batalla de Clavijo.

Alfonso X el Sabio narra en su Primera Crónica General (1270) las palabras del Apóstol a Ramiro I: “Sepas que Nuestro Señor Jesucristo repartió entre todos los apóstoles todas las provincias de la tierra. Y a mí sólo me dio España para que la guardase. Rey Ramiro, esfuérzate en tu oración y se bien firme y fuerte en tus hechos, que yo soy Santiago. Y ten por verdad que tú vencerás mañana con la ayuda de Dios a todos esos moros…”, como así cuenta la tradición que ocurrió cuando el apóstol de España a lomos de un magnífico caballo blanco, espada en alto y al grito de ¡Dios ayuda a Santiago!, comenzó a cortar cabezas moriscas en auxilio de las huestes cristianas. Algunos relatos situan a esta batalla como la primera vez en la que se hizo una invocación a España.

La política española ha entrado en barrena desde que la casta barriobajera ha comenzado a gobernar en algunas instituciones, generalmente gracias al capote del PSOE, al PNV y a otros partidos empeñados en acabar con la nación. Nunca se había visto en España tal cúmulo de barbaridades, como los tweets de Guillermo Zapata, la meada en pública de la portavoz del Ayuntamiento de Barcelona que preside Ada Colau, el despelote de la asalta capillas y portavoz de Carmena en Madrid, Rita Maestre; las declaraciones delirantes de la ex alcaldesa socialista de Las Pedroñeras, Yolanda Picazo; o el esperpéntico novio chirigotero de la ‘estadista’ Teresa Rodríguez y alcalde de Cádiz: alias El Kichi, que ha tardado un ratito en salir a palos con la diplomacia alemana.

Al jefe del estado, nuestro Rey Felipe VI, se le amontonan los indicios de la aparente e irreversible, disolución de España. El rebelde Arturo Mas le desafía en su propia cara, el populismo callejero radical y las ocurrencias disparatadas que vemos a diario siguen empujando para terminar de convertir a la patria española, del estado sólido que fué, en un estado líquido que se va licuando a pasos agigantados en una arrabalera subasta de despropósitos aprovechando la debilidad de una nación que se ha ido deshaciendo a través de las Taifas dimanantes de la Transición del 78, jaleada por una izquierda frentista, permisividad de la derecha acomplejada, y embestidas de los separatismos locales que han sembrado su ideología torticera durante más de tres décadas. La visible pérdida de valores, el relativismo moral y el masivo aborregamiento de gran parte de la sociedad española, van haciendo el resto.

Esta mañana el presidente gallego Alberto Núñez Feijoo, ejerciendo como delegado de Felipe VI en la ofrenda al Apóstol, ha reivindicado “la unidad del Estado” en pleno desafío independentista catalán, a la vez que ha criticado al alcalde de Santiago de Compostela por no querer participar en la ceremonia.

Tal vez, el Rey debería haber estado hoy en la catedral compostelana y por proximidad al Apóstol, haber tomado lección de su mítica gesta que le motivase en ponerse a trabajar en la obligación que le impone la Constitución como Jefe del Estado en la defensa de la unidad de España.

De no reflexionar seriamente sobre su dejación, Felipe VI podría ser un probable digno sucesor de los pasos de su bisabuelo Alfonso XIII, que también pensaba que “… las luchas políticas no tienen otra importancia que la de ser una lucha de opiniones, pero por encima de ellas hay un sentimiento mucho más puro, que es el del amor a la Patria ...” Como manifestó en un discurso en Barcelona en junio de 1920. Añadiendo en su manifiesto del 13 abril de 1931 que “… hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil”.

Alfonso XIII en efecto se fue, y el pueblo español se quedó… pero para molernos a palos.

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3 comentarios en “Felipe VI, el Apóstol Santiago y la batalla de Clavijo

  1. Buenos días, mi nombre es Luis, soy jerezano y andaluz (esto cada vez menos) y español (esto cada vez mas); sólo quería decir que suscribo al 100 % tus palabras.Y que eres muy valiente y te admiro por hablar tan claro en la sociedad decadente que nos ha tocado. No me extrañaría que dentro de poco empezaran las quemas como en el 31, así que cuídate y que Dios y la Virgen nos ampare.

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    • Muchas gracias por tus amables palabras Luís. Tal vez más que valentía, sea cuestión de hartazgo. No se puede -ni se debe- vivir en la zozobra permanente bajo el yugo del pensamiento plano e idiotizado que se viene cultivando en España en las últimas décadas, y que está haciendo polvo todo vestigio del orgullo de ser español. Complejos, ¡Ay, los complejos!

      Pero no hay por qué preocuparse Luís, ya sabes que cuanto más cruento sea cualquier ataque, más fuerte se hace el atacado. Seguiremos sufriendo con paciencia las embestidas de los bestias, que más pronto que tarde serán historia… o tal vez se queden en cómic.

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