Josep Pla, el hombre que odiaba Madrid y Barcelona


El escritor catalán siempre fue un hombre incómodo, escasamente dotado para la diplomacia y más bien propenso a la disidencia, la ironía. Alguien capaz de matar por una adjetivo, pero sólo por eso. La primera parte de su vida fue un viaje incansable que le llevó por más de media Europa. Nada más concluir los estudios de Derecho en la Universidad de Barcelona, un joven tan ambicioso como escaso de recursos, acepta el señuelo del periodismo y jamás llegará a inscribirse en el colegio de abogados; primero por la falta de efectivo y después por el virus de un oficio que le permitía viajar mucho, comer poco, pero fomentar su pulsión grafómana.

Pla trató siempre de ser un observador imparcial, pero su periplo como corresponsal periodístico por las principales capitales europeas de entreguerras acabará por convertirle en un escéptico y Un conservador que se refugia en la ironía y en los detalles, en la adjetivación precisa y exacta de las cosas, de los paisajes, las situaciones y las personas.

El escritor ampurdanés fue catalanista y hasta diputado de la Lliga bajo el patrocinio de Francesc Cambó, pero la política no iba a apartar a Pla de la construcción de una obra monumental, imprescindible para la conservación del idioma catalán y para la comprensión cabal del “problema catalán”. Pla fue conservador y liberal, un tipo que a la mitad de su vida recopilaba las memorias de las múltiples revoluciones, revueltas guerras y quiebras que había presenciado y había escrito, un cosmopolita disfrazado de “payés” que recorrería el mundo cuando viajar no era precisamente hacer turismo, un intelectual inclasificable y proscrito de todos los bandos. Al principio de la Guerra Civil debe huir de Cataluña porque lo quieren asesinar los anarquistas. En la fuga, recala en Marsella, acompañado por quien entonces se consideraba su mujer, Adi Enberg. De ahí surge la leyenda del Pla espía de Franco. La realidad es que Enberg trabajaba de administrativa para el SIFNE, el Servicio de Información de Fronteras del Noroeste de España financiado por Cambó. A Pla se le habría asignado el número 10 de esa agencia de espionaje y su misión, la de controlar el tráfico de barcos con destino a España. No hay, sin embargo, ningún documento o prueba que vincule directamente a Pla con el dicho SIFNE más allá de su relación con Enberg y Cambó. De la estancia en Marsella queda, eso sí, una descripción de una bullabesa perfecta.

En el 38 regresa a España para ocuparse de la subdirección del Diario Vasco que dirige su amigo Manuel Aznar, abuelo del expresidente del Gobierno. Y en enero del 39 ambos se hacen cargo de La Vanguardia. La experiencia durará sólo cuatro meses, hasta que Aznar es enviado a Roma y Pla fulminado por el propietario, Carlos Godó, que acepta el nombramiento de Galinsoga, exdirector del ABC de Sevilla.

La defenestración es un mazazo para Pla y una bendición para la literatura. Nuestro hombre se retira del mundo, se refugia en un cobertizo en la playa de Fornells. Busca la introspección y encuentra la alegría de vivir en la observación de la naturaleza, en la compilación de las costumbres, hábitos y paisajes de un mundo pequeño, aislado y en el que el autor escribe sobre lo que puede con una intensidad y un estilo que le convertirán en el gran prosista en catalán del siglo XX.

Aún en ese exilio interior, Pla es un sospechoso habitual. En diciembre de 1944, la Guardia Civil de Palafrugell emite un informe en el que se le acusa de vigilar los movimientos marítimos de la Costa Brava y pasar la información a los aliados. El expediente acabó en nada, pero sirvió para acrecentar las dudas sobre un sujeto vidrioso e incómodo a quien también se acusaba de aprovechar las circunstancias para dedicarse al contrabando.

A partir del 47 retoma su producción literaria en catalán, una travesía en el desierto que sirve para salvar el idioma escrito del trance de la falta de autores, talentos y valor. Pla se sobrepone a las circunstancias y consigue una conllevancia con la situación que le permite retomar los viajes y consolidar una obra magna y de plena actualidad hoy en día.

Incomprendido, pero de estilo directo, llano y comprensible, Pla no se andaba por las ramas. Sobre la capital de España dejó escritas consideraciones de una cierta dureza: “Para las personas un poco artríticas, el clima de Madrid es excelente. Es un clima de media montaña que no produce ni las depresiones ni las migrañas ni los estados frenéticos del litoral, sobre todo del litoral mediterráneo. Uno vive en Madrid con el cuerpo y el espíritu tonificados -aunque el sueldo sea un poco magro-, en un estado de equilibrio entre la somnolencia y la normalidad. Si se pasa de la vivacidad enfermiza del levante a Madrid, se observa que la gente de aquí duerme poco, es lenta de comprensión y que las cosas se tienen que pedir dos o tres veces. (…) Aparte de esto -y el Museo del Prado y algunas otras concentraciones de obras de arte-, confieso que, de Madrid, no me interesa apenas nada. (…) Está ciertamente la política, y para un periodista, el trato con los grandes hombres de la política.

Desde Barcelona, Madrid es una ciudad de sensibilidad política, como, desde Madrid, Barcelona es una ciudad considerada de sensibilidad económica. En Madrid, me dediqué una temporada a hacer colección de los grandes hombres políticos. No creo que encontrase ninguno. ¿Dónde están los grandes hombres políticos? Todos los que he tratado -quiero decir todos los que tuvieron la amabilidad de conversar conmigo un momento- me parecieron, aproximadamente, una mezcla de inconsciencia y de estrategia inmediata, sin el más pequeño interés humano. Fue en Madrid donde decidí contemplar a los grandes hombres de lejos y a concederles la grandeza a manos llenas y gratuitamente, sin discutir”.

Son extractos de “Notes per a Sílvia”, del volumen 26 de la Obra Completa. Pero si su impresión sobre Madrid no era precisamente positiva, menos aún lo era la que albergaba sobre Barcelona. En 1976 se grabó la famosa entrevista de televisión con Joaquín Soler Serrano.

En ella, el viejo Pla es inclemente: “Aquí toda la riqueza de este país empezó con el proteccionismo. Desde entonces, Cataluña es un país inmensamente rico, grosero y espantoso, pero es así. Vea usted sus pueblos, vea usted Barcelona. Barcelona es una cosa espantosa, agobiante y de escasísima calidad”.

¿No se merece una calle este hombre?

 

Publicado en Libertad Digital
PABLO PLANAS 2015-07-26

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Un comentario en “Josep Pla, el hombre que odiaba Madrid y Barcelona

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