La desconocida literatura sobre el horror en el Gulag soviético


Se sabe mucho de los campos nazis pero no se quiere recordar el Gulag”, afirmaba hace unos meses la escritora checa Monika Zgustova, que ha publicado La noche de Valia, novela basada en los testimonios de mujeres que padecieron el Gulag soviético. A la vez, de mayo a septiembre, se ha inaugurado en el Museo Histórico Alemán (DHM) de Berlín la exposición GULAG. Spuren und Zeugnisse 1929-1956 (Huellas y testimonios 1929-1956), organizada por la sociedad Memorial y la Fundación alemana conmemorativa de los campos de concentración de Buchenwald y Mittelbau-Dora (SGBM-D), en cooperación con la Fundación Palacio de Neuhardenberg. La sociedad Memorial se fundó en 1988 con el objetivo de investigar el sistema del Gulag en la URSS, acrónimo de Glavnoe Upravienie Lagere, la Dirección General de Campos de Trabajo, organismo que se encargaba de gestionar los más de 500 campos que había en la Unión Soviética y donde perdieron la vida millones de personas, la mayoría en Siberia. Los Gulag, herederos de los campos de trabajo zaristas, descritos por Dostoievski y Chéjov,  multiplicaron su eficacia tétrica durante el régimen comunista y se convirtieron en una descomunal maquinaria del terror y la represión.

imageLa historiadora Anne Applebaum, redactora del Washingtong Post y autora de Gulag, ensayo que mereció en 2004 el Premio Pulitzer, afirma que fueron recluidas 28.700.000 de personas en aquellos campos durante las siete décadas que duró el comunismo en la URSS, sin que se sepa la cantidad exacta de fallecidos, aunque podemos suponer que el número ha sido muy alto (en la época de Stalin, por ejemplo, fueron arrestados 16 millones de personas y fallecieron en los campos de 8 a 10 millones). Sobre las cifras de damnificados en la URSS no hay unanimidad. Las cifras son también importantes en otros países como China, Camboya y Corea.

Además de los estudios ya publicados sobre este tema, para conocer cómo se llevó a cabo esta violenta y desmesurada represión podemos acudir a las numerosas fuentes literarias (diarios, memorias, novelas, relatos, etc.) de disidentes y víctimas de los Gulag, que desde su trágica experiencia personal o como testigos directos han descrito las diferentes estrategias y tácticas de un terror absoluto que tenía como objetivo la liquidación de la libertad personal y hasta de la propia vida. Por su sorpresa y novedad, también hay que destacar algunos libros memorialísticos escritos por los verdugos, como El jefe del gulag, de Fiodor Mochulsky, uno de los hombres que dirigieron los campos de concentración soviéticos.

Como mecanismo para justificar la extensión de las persecuciones y el clima de acusaciones y delaciones generalizado en los regímenes comunistas, la escritora checa Heda Margolius, víctima en su caso del terror nazi y de la barbarie comunista, escribe en Bajo una estrella cruel, libro de memorias que comentaremos más adelante, que la obsesión por el bien común consideró egoísta la preocupación por el destino individual, y los que creyeron con una fe ciega en el comunismo fomentaron una redención comunitaria que si bien en un principio podía considerarse un canto a la solidaridad, poco a poco se transformó en la excusa para supeditar la libertad individual a los intereses generales, o sea, a los del Partido. “Para ellos –se refiere Margolius a los comunistas–, la lucha por el ideal había adquirido el significado de una lucha por la redención personal. Era una victoria sobre la pequeñez de cada uno, la subordinación desinteresada de los intereses del individuo al bien de la sociedad entera. Renunciar a ese ideal equivalía a desmentir el significado de toda una vida”. Más aún, “aquella tendencia al sacrificio personal me parecía extremadamente peligrosa, incluso entonces. Una buena sociedad es aquella en la que todos pueden vivir bien, uno mismo incluido. Las personas que están dispuestas a sacrificar su propio bienestar por un noble ideal probablemente acabarán exigiéndoles un sacrificio parecido a otros no tan dispuestos a hacerlo. Un sistema político que no puede funcionar sin mártires es un sistema político malo y destructivo”. Esta actitud la justificaron incluso importantes dirigentes comunistas de los años 30 en la URSS, que pasaron a ser de golpe víctimas y mártires de la represión; con absoluta clarividencia describe este proceso Arthur Koestler en su imprescindible novela El cero y el infinito.

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Ya desde los primeros pasos de la Revolución de Octubre encontramos testimonios de escritores que advirtieron de esa fascinación por la violencia que condujo al odio enfermizo por el enemigo y el contrarrevolucionario, al que veían agazapado detrás de cada esquina. Para acabar con ellos fomentaron una omnipresente cultura del terror, aunque en algunas ocasiones pagaran justos por pecadores. No les importaba a las autoridades, pues de lo que se trataba era de fortalecer el comunismo como el único camino para alcanzar la felicidad. Lo vemos, por ejemplo, en los diarios del Nobel de Literatura Iván Bunin, quien al poco de implantarse la Revolución ya señalaba los peligros sociales de esa deriva totalitaria. Y recogemos en este reportaje un testimonio marginal y colateral, el del bailarín español Juan Martínez que vivió la Revolución en Kiev y Moscú en primera persona; experiencia que años después contó el periodista Manuel Chaves Nogales en un memorable libro El maestro Juan Martínez que estaba allí.

La llegada al poder de Stalin supuso la multiplicación de estas estrategias policiales, pues Stalin se empeñó en llevar a la práctica con todas las consecuencias el camino señalado por Lenin y Trotski. Ya Lenin, en 1918, ordenó al polaco Dzerzhinski la Dirección General de Campos (GULAG): “Es necesario –dictó Lenin en la Orden de 8 de agosto de 1918– organizar una guardia especial de hombres seleccionados, de toda confianza, para llevar a cabo una campaña de terror de masas contra los kulaks, el clero y la Guardia Blanca. Todos los sospechosos deben de ser internados en un campo de concentración fuera de la ciudad”. Sirviéndose de dirigentes leales (Nikolai Yehzov hasta 1938 y Lavrenti Beria, desde 1938 hasta 1953, jefes de la NKVD), Stalin lo hizo primero de manera un tanto subterránea, engordando los servicios secretos ya existentes, que consideraba fundamentales para el control del régimen. Después, sobre todo a partir del asesinato en 1934 de Sergei Kírov, el líder del Partido Comunista en Leningrado, las persecuciones subieron de nivel y Stalin se propuso acelerar la limpieza de los que consideraba contrarrevolucionarios dentro y fuera del Partido, incluso eliminando a importantes líderes históricos que formaban parte de la vieja guardia revolucionaria.

imageEs el momento de máximo esplendor de los Gulag. Todo el país, con la colaboración de los implacables servicios de seguridad, los exclusivos miembros del Partido y hasta las juventudes comunistas, convirtieron la URSS en un inmenso centro de espionaje donde los hijos denunciaban a sus padres y los vecinos acusaban a otros vecinos de espías, contrarrevolucionarios, conspiradores, revisionistas, ideólogos de sabotajes o seguidores de Trotski. Lo cuenta espléndidamente el historiador inglés Orlando Figes en Los que susurran, una exhaustiva investigación sobre cómo el miedo y la delación se instalaron en los habitantes de toda la URSS, temerosos de transmitir en voz alta sus opiniones íntimas y personales..

Especialmente metódica fue la persecución contra los intelectuales y los escritores, a los que Stalin y el Partido Comunista asignó un específico papel para la construcción del paraíso comunista, papel que debían seguir sin fisuras si no querían tener problemas (y los tuvieron, como veremos gracias sobre todo a las investigaciones de Vitali Shentalinski). Una de sus víctimas más señaladas fue el poeta Ósip Mandelstam (1891-1938), muerto en uno de los campos de Siberia tras una insistente y maquiavélica persecución personal de Stalin (que ha contado con clarividencia su viuda, Nadiezhda Mandelstam). Aunque no llegó a ser enviada a ningún campo, la vida de la escritora Anna Ajmátova, íntima amiga de los Mandelstam, sufrió una persecución parecida que se extendió también a sus más allegados familiares; y lo mismo le sucedió a otra gran poetisa, Marina Tsvietáieva.

De esos años, cruciales para la evolución despótica del régimen dentro y fuera de la URSS, citamos en este artículo cuatro tempranos e interesantes testimonios (los de Arthur Kostler, Víctor Serge, Jurí Weil y Victor Kravchenko), que se convirtieron en los primeros en dar a conocer la extensión y el trágico alcance de las purgas soviéticas en el extranjero. La novela autobiográfica de Jirí Weil salió en Praga, en 1937; Koestler publicó su demoledora novela en 1940, en Inglaterra; Victor Kravchenko dio a conocer sus polémicas memorias en 1946, y Victor Serge, comunista toda la vida, terminó su novela El caso Tuláyev en 1947 en México.

De todas maneras, durante los años de la posguerra mundial, la propaganda comunista incrementó su influencia en el Telón de Acero y en no pocos países europeos y del resto del mundo, donde los Partidos Comunistas, muchos intelectuales y hasta publicaciones culturales de renombre, como la francesa Les Temps Moderns (creada en 1945 con Jean-Paul Sartre, Raymond Aron y Maurice Merleau-Ponty como miembros del Comité Director), se convirtieron en fieles y subvencionadas correas de transmisión de los grandes adelantos económicos, científicos y políticos de la URSS, ocultando la política penitenciaria y represiva del régimen, que utilizó a los presos, comunes y políticos, como mano de obra esclava para la industria bélica, sus grandes proyectos faraónicos y para la extracción de oro en Siberia, de carbón en las minas de Vorkotá, para la construcción del ferrocarril Baikal-Amur, para los canales Moscú-Volga y para la construcción de las centrales eléctricas de Kuibishey y Stalingrado.

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Tras el breve paréntesis de Malenkov y Beria, en el que se decretó una amnistía que afectó a 1.200.000 reclusos, a Stalin, fallecido el 5 de marzo de 1953, le sucedió en el poder Nikita Jrushchov (Primer Secretario del Partido Comunista desde 1953 hasta 1964), quien realizó unas calculadas pero importantes declaraciones de arrepentimiento en el XX Congreso del Partido Comunista de 1956, revelando “las transgresiones de la legalidad” de Stalin y los excesos al culto a la personalidad del dictador. Estas declaraciones y la disolución, en parte, del Gulag en 1957 fueron la primera voz de alarma para muchos europeos, que empezaron a descubrir que lo que ya llevaban años desvelando algunos disidentes sobre la crueldad del estado policial soviético y su afición a los campos de concentración no eran fantasiosos cuentos de hadas.

Pero las palabras y los hechos de Jrushchov, un tímido lavado de cara, no provocaron importantes cambios en relación con la censura y las persecuciones, aunque se cerraron muchos campos de concentración, provocando el éxodo de no pocos prisioneros, incapaces muchas veces de recuperar con normalidad su vida anterior, como se describe, por ejemplo, en El fiel Ruslán, magnífica novela de Gueorgui Vladímov, que la editorial Libros del Asteroide, con traducción de Marta Rebón, ha publicado en 2013 por vez primera en castellano.

Continuó, pues, la política represiva, de manera especial con los escritores e intelectuales. Boris Pasternak no consiguió la autorización necesaria para publicar Doctor Zhivago, que apareció, fuera del control del Partido, en 1957 en una editorial italiana, lo que provocó un sobresaliente revuelo tanto en la URSS como en muchos países occidentales. La concesión del Premio Nobel de Literatura en 1958 a Pasternak fue considerado por la URSS como una provocación de los estados capitalistas; por eso prohibieron a Pasternak acudir a recoger el Premio Nobel. Pasternak fue desde entonces brutalmente censurado y perseguido. En ese clima, sin embargo, aprovechando una delgada política aperturista, el escritor Alexandr Solzhenitsin consiguió permiso para publicar Un día en la vida de Iván Denísovich. La novela alcanzó un inusitado éxito, y eso que contaba la experiencia en uno de esos campos de trabajo que las autoridades se empeñaban en ocultar. Rápidamente, la novela fue retirada de la circulación y Solzhenitsin no volvió a publicar ninguna otra obra en su país. Sin embargo, el Premio Nobel de Literatura en 1970 no se arredró y protagonizó el mayor ataque contra la política represiva de la URSS al desnudar en Archipiélago Gulag su imponente y deshumanizada política carcelaria.

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Nada fue lo mismo después de Solzhenitsin. Ya se había abierto la veda. El prestigio de la URSS estaba ya por los suelos, a pesar de su perseverante propaganda. Lo sucedido antes, en 1968, con la Primavera de Praga también fue un suceso determinante para que muchos comunistas occidentales renegaran de la ortodoxia soviética y escaparan a su control.

Luego vino la publicación de Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov, otro monumento literario a las destrozadas vidas de tantas anónimas personas que murieron en los campos de Siberia. Y la difusión del caso Vasili Grossman, autor de Vida y destino, una de las mejores novelas sobre el peligro mortal de los totalitarismos.

De pronto se multiplicaron los testimonios de otras muchas víctimas, bien de ciudadanos de la URSS, muchos de ellos protagonistas de una creciente disidencia, bien procedentes de otros países del Telón de Acero que también sufrieron esa misma persecución, como cuentan los escritores polacos Gustaw Herling, Janusz Bardach y Esther Hautzig o escritoras checoslovacas como Heda Margolius y Lenka Reinerová. A la vez, empezaron a conocerse también importantes testimonios de intelectuales rusos, rumanos, húngaros o polacos (Nadiezhna Mandelstam, Pável Florenski, Josef Czapski, Nicole Steinhardt, Alexandr Wat, Sándor Márai…), que denunciaron en sus escritos la falta de libertad, basándose en su propia experiencia, que había en los países comunistas.

La mayoría de los libros recogidos en este artículo describen de manera dramática las consecuencias individuales de la represión y la durísima vida en los campos de trabajo. Pero hay también un grupo de escritores que, sirviéndose de la tradicional ironía presente en la historia de la literatura rusa, mostraron su critica con sarcasmo y humor. Algunos aprovecharon el simulacro de aperturismo que se dio durante la Nueva Política Económica (NEP), a lo largo de la década de los 20, para ridiculizar las limitaciones de la vida cotidiana impuesta por las autoridades soviéticas, antes de que, por decreto, se impusiese el realismo socialista como la única manera de enfocar la literatura y, en general, el arte. Es lo que hicieron, por ejemplo, Ilf & Petrov y Zóschenko. Años después, otros escritores utilizarían la misma táctica literaria para mostrar en clave humorística los patéticos desajustes del comunismo. Destacamos, en la URSS, a Dovlátov y Vladimir Voinóvich, y en Polonia al también dramaturgo Slawomir Mrozek. Y mencionamos brevemente al inclasificable Andrei Platónov, el autor de Chevengur.

No solo es necesario conocer la existencia de los Gulag, también se han producido testimonios similare en el caso de Corea del Norte, Camboya y sobre todo China, donde abundan los libros biográficos sobre los temidos campos de reeducación y los múltiples excesos de los criminales partidos comunistas de turno.

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