¿Quo vadis, Catalunya?


 

 

imageAgustí Calvet Pascual, alias Gaziel, director que fue de La Vanguardia, señalaba en 1934: “Cada vez que el destino nos coloca en una de esas encrucijadas decisivas en que los pueblos han de escoger (…) los catalanes nos metemos fatalmente, estúpidamente, en la que conduce al despeñadero”. Ya que a estas alturas no es fácil dirimir sosegadamente razones y responsabilidades de nuestra actual encrucijada, quizá valga la pena detenerse en sus posibilidades de éxito y apuntar previsibles consecuencias.

En las últimas décadas muchos territorios se han constituido en nuevos estados, pero hay muchísimos más donde una parte de la población querría independizarse sin posibilidad de lograrlo. Los nuevos estados nacen de intereses geoestratégicos, normalmente tras terribles guerras o desmantelamientos de imperios empobrecidos. En muy pocos casos los nuevos estados nacen por mutuo acuerdo de las partes (Chequia y Eslovaquia). Los intentos fallidos de Quebec y Escocia, de haberse producido, se encontrarían dentro de este último y ciertamente escaso grupo.

En mi opinión únicamente personal, en comparación con estos procesos, en Cataluña concurren algunas condiciones que trabajan en contra de dar una mínima probabilidad a la independencia. En primer lugar, no parece que el resto de la población española quiera que Cataluña se separe, lo que hace inviable un cambio constitucional que permita su planteamiento. El último barómetro del CIS sitúa a los partidarios de consentir la independencia en tan sólo el 9,7% de la población española. Asimismo, el 8 de abril del 2014 se sometió a consideración del Congreso una ley para que la Generalitat pudiese convocar un referéndum sobre el futuro de Cataluña. Sólo 47 diputados de toda España (13,4%) aprobó la proposición, aparte de que la mayoría de los diputados catalanes, 26 de los 48, rechazaron la propuesta. ¿Qué Gobierno democrático podría permitir la escisión de su territorio con el apoyo de su población?

En segundo lugar, la población catalana está muy dividida. El independentismo ha pasado rápidamente de un soporte del 25% a otro de alrededor del 40%, donde se ha estabilizado. Incluso contando con un apoyo, del 51% no se iría muy lejos. Y menos cuando ese apoyo podría ser coyuntural, y como otros ismos en Europa, haberse alimentado de la crisis de los últimos seis años. Los movimientos democráticos que quieren modificar las estructuras de un país suelen pivotar sobre una legitimidad abrumadora (3/4 de la población) y durante un largo periodo de tiempo. Declarar algo tan excepcional con mayoría de escaños en el Parlament, aunque sin mayoría de votos gracias a la ley D’Hondt, sería poco razonable y democrático. ¿Qué pasaría con esa mayoría de catalanes que no quiere la independencia? ¿Una vez el proceso se hubiese consumado, se les permitiría votar cada cierto tiempo para reunificarse con España? Pero lo más importante, ¿qué país democrático del mundo dejaría a la intemperie a más de la mitad aproximada de la población por el coyuntural deseo del resto de romper con la legalidad?

En tercer lugar, para constituir un nuevo Estado no sólo hacen falta mayorías amplias y sostenidas en el tiempo sino el apoyo y el reconocimiento de la comunidad internacional. No se trata aquí de obtener apoyo de algunos pequeños países o de la simpatía que pueda expresarse en algunos medios internacionales, sino de los padrinos que se precisan para ser reconocido en las Naciones Unidas y en el resto de los organismos internacionales incluyendo a la UE. Desde la paz de Westfalia de 1648 el orden mundial está basado en la integridad territorial consagrada en la mayoría de las constituciones del mundo. Las grandes potencias –Alemania, China, Estados Unidos, Francia, Japón, Reino Unido y Rusia– difícilmente pueden estar interesadas en cambiarlo mediante un conflicto en medio de Occidente. Sería un ejemplo que seguir para fraccionar otros países en trozos cada vez menos gestionables, que además no es clave para la gobernanza del mundo, el suministro de energía o materias primas o la lucha global contra el terrorismo.

En definitiva, ¿es posible creer que realmente puede conseguirse la independencia sin la aquiescencia de la comunidad internacional, sin el apoyo unánime y sostenido de la población catalana, y sin el soporte del resto de España? ¿Adónde vamos? Pues, claramente, no hacia la independencia. Con posicionamientos unilaterales y sin diálogo, podríamos estar al inicio de un proceso largo y tedioso de conflicto permanente con el Estado. Una olla a presión que consumiría las energías de la población en un fuego fútil. Un goteo ininterrumpido de desencuentros que incrementarían diferencias, agravios y conflictos sin fin, haya o no razones. Mientras, perderíamos por el camino inversiones y talento, que acostumbran a no sentirse cómodos en lugares políticamente convulsos e inciertos.

A muchos puede atraerles ese marco de indefinición (y decadencia), porque ven la independencia al final del túnel, dentro de 25 o quizá 40 años. Creen, que con el tiempo, este fenomenal conflicto podría crear mayorías más sólidas en Catalunya, generar un gran cansancio en el resto de España y acabar por convencer a las grandes potencias. Y así, por un proyecto a largo plazo con unas posibilidades de éxito tan remotas, se podría llegar a sacrificar una parte importante del bienestar y de las capacidades de toda una generación.

En definitiva, en esta encrucijada decisiva de nuestra historia, similar a aquellas a las que se refería Gaziel en el año 1934, debería volver el seny que permita encauzar las energías del país hacia objetivos más realistas y proponga soluciones dialogadas. Los catalanes nos merecemos que se trabaje por un nuevo marco de convivencia, sin maximalismos, que permita a Catalunya desarrollar pacíficamente su enorme potencial mediante un papel menos periférico y más central en el desarrollo económico y en la consolidación y mejora de las instituciones de nuestra todavía muy joven democracia.

 

¿Quo vadis, Catalunya?, es un artículo de Jaime Malet Perdigó para La Vanguardia

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6 comentarios en “¿Quo vadis, Catalunya?

  1. Muy bien este artículo hasta donde dice :”Los catalanes nos merecemos que se trabaje por un nuevo marco de convivencia, sin maximalismos, que permita a Catalunya desarrollar pacíficamente su enorme potencial mediante un papel menos periférico y más central en el desarrollo económico y en la consolidación y mejora de las instituciones de nuestra todavía muy joven democracia.”
    Bien, pues con ese grado de independentismo catalán no es fiable meter en el Gobierno central a desarrollar instituciones ( ¿ Educación ?) p.ej., y a desarrollar economías. Es como meter el lobo a guardar las ovejas. Lo que hay que hacer con carácter urgente es recuperar la educación en todo el Estado. Y cuando pase una o dos generaciones no educadas en el infundio y en una Historia inventada, ya podríamos sentarnos a hablar.

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