El descomunal delirio sobre el 11 de septiembre, de los independetistas catalanes


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La historia -y más cuando se analiza con la perspectiva del paso de un cierto tiempo- solo tiene un camino, que es el científico histórico. Los nacionalismos, intrínsecamente malos en si mismos, llevan invariablemente  al empobrecimiento del territorio administrado. Básicamente porque nacionalismo es sinónimo de corrupción. Para alcanzar sus fines, los ideólogos del nacionalismo -sea cual fuere su signo político- no dudan en tergiversar, engañar y mentir, aplicando todos y cada uno de los ‘principios’ del maestro de la propaganda alemana, el nacional socialista Josep Goebbels.

Goebbels, malo como la tiña y a la vez eficiente como ningún otro, predicaba el Principio de la exageración y desfiguración, es decir, convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave. Cosa que hace con escrupuloso empeño el nacionalismo catalán, no dudando en convertir en esperpento cualquier herramienta que les parezca útil.

Si los nazis llegaron a politizar el mismo juego del ajedrez, el nacionalismo catalán no duda en caer en el ridiculo, no ya cambiando la historia oficial, sino yendo más allá del esperpento para incurrir en la pura payasada. Como es el caso del conocido “Gila catalán”, Víctor Cucurull. O como la falsa reivindicación del origen catalán del pan con tomate.

¿Por qué los nacionalistas de hoy han tergiversado los hechos que los nacionalistas de ayer reconocían como ciertos? ¿Por qué historiadores radicalmente nacionalistas como Soldevila coinciden en su explicación de los hechos de 1714 con historiadores no nacionalistas, mientras hoy difieren totalmente e inventan unos hechos que no sucedieron?

Enlace relacionado: Las vueltas catalanas para conseguir destripar España.

Del 11 de septiembre de 1714 lo único que se desprende es que:

Los catalanes se levantaron en armas en nombre de España para defender la libertad de todos los españoles.

No hubo enfrentamiento entre regiones.

No hubo el menor asomo de cantonalismo, ni intento de segregación de ningún género.

Ningún ejército español (o castellano) tomó Barcelona.
Los vencedores no intentaron destruir una supuesta “identidad nacional catalana”.

No se prohibió la lengua catalana.

No despertó la menor reacción “nacional” catalana como respuesta a una inexistente agresión españolista.

Supuso el fin de una estructura estatal arcaica y el inicio del despegue económico de Cataluña.

No convirtió en mártir a nadie.

Los catalanes se levantaron en armas en nombre de España

Los habitantes de algunas ciudades catalanas se levantaron en armas contra una oligarquía comercial barcelonesa que imponía sus intereses y en nombre de la libertad de España y de todos los españoles.

Al revés de lo que inventan hoy los nacionalistas, la Guerra de Sucesión (1701-1713/14) no supuso el enfrentamiento entre Cataluña- Austria y España (o Castilla)-Francia. Ciudades y comarcas pertenecientes al antiguo reino de Aragón como Castellón, Alicante, el valle de Arán, el interior de las provincias de Barcelona y Valencia, Calatayud o Tarazona, fueron partidarias de Felipe V, el rey Borbón. Y lugares como Madrid, Alcalá o Toledo se declararon fieles al aspirante austriaco, el archiduque Carlos. El enfrentamiento interterritorial de 1714 es otra patraña más inventada por el nacionalismo para negar el carácter de guerra civil que tuvo aquella sucesión al trono.Ningún ejército español tomó Barcelona. Las fuerzas que integraban el ejército de Felipe V estaban formadas por soldados procedentes de varias regiones españolas y aun de países europeos. De él formaban parte varios miles de soldados nacidos en Cataluña. En cuanto al bando supuestamente catalán, los soldados que se enfrentaron a Felipe V y fueron derrotados el 11 de septiembre de 1714 estaban mandados por un general, Antonio de Villarroel, que en su última arenga recordó a las fuerzas bajo sus órdenes que estaban luchando “por nosotros y por toda la nación española”.

Los vencedores no destruyeron la identidad nacional de nadie
El fin del arcaico sistema foral que había estado vigente hasta 1714 fue abolido sin que en tal medida existiera la menor voluntad de acabar con una “identidad nacional” que solo se inventaría doscientos años después con personajes como Prat de la Riba. Es otra muestra más de supina ignorancia histórica, cuando no de mala fe y de manipulación, sostener que semejantes argumentos podían encajar en la mentalidad y las estructuras políticas y jurídicas del siglo XVIII.

Felipe V juró en 1702 fidelidad a las leyes de Cataluña, cosa que no siempre habían hecho sus predecesores. Pero los sublevados de 1714 cometieron un delito de lesa majestad. Habían traicionado su juramento de fidelidad y eran culpables del peor de los pecados políticos de la época. No hay aquí relación jurídica entre estados (solo existía uno) sino una traición a la lealtad debida expresada a través de compromisos personales y colectivos con la dinastía. De modo que los privilegios de las zonas derrotadas fueron abolidos como castigo a la traición dinástica, en modo alguno como procedimiento para destruir una nación que no existía.

Nadie persiguió la lengua catalana
Los decretos de Nueva Planta, a través de los cuales se articuló el Estado adaptándolo a los mismos criterios modernizadores que se estaban aplicando en otros países y que se consideraban esenciales para organizar con mayor eficacia el único país que existía, es decir, España, en ningún momento prohibieron el uso de la lengua catalana. Los nacionalistas no pueden mencionar ni una sola línea de aquel texto en que se prohiba el uso del catalán. Por la sencilla razón de que no era esa la intención de los decretos. Además el catalán no se utilizaba en la documentación administrativa, jurídica, etc., de las instituciones catalanas. La lengua de la administración, en Cataluña como en toda España, era el latín. Mal podía pues prohibirse el catalán.

Lo único que legislan en este sentido los decretos de Nueva Planta es que los documentos de la Audiencia de Barcelona debían abandonar el latín para usar el castellano. Y esa norma se adoptó en toda España. Se puede argumentar que fue una medida injusta. Pero eso también será falsear la realidad porque supone juzgar con criterios actuales los códigos que regían hace 300 años.

No hubo una reacción “nacional” catalana porque no hubo agresión españolista
Tras el 11 de septiembre de 1714 nadie en Cataluña lamentó los hechos en el sentido en que se plantea hoy. No hubo una reacción de carácter nacionalista, catalanista, frente a la toma de Barcelona. No existe un solo documento, del tipo que sea, que recoja la queja de un pueblo agredido, de una nación vejada y sometida, o la lamentación por la supuesta prohibición del catalán. Resulta un poco extraño.

Si 1714 fue una derrota de la “nación” catalana frente a España, ¿por qué ningún contemporáneo lo proclama? ¿Tal vez el miedo, la represión? Pero tampoco lo proclaman los hijos de los derrotados. Ni sus nietos. Durante 150 años nadie se queja del episodio del 11 de septiembre. De hecho no existe la menor protesta hasta que llegan los inventores del nacionalismo, a finales del siglo XIX. La fiesta del 11 de septiembre no se establece hasta 1901, es decir, cuando cuatro extraviados que defienden los intereses económicos de las clases dirigentes catalanas se han inventado ya lo de que Cataluña es una nación. ¿Dos siglos sin sentirse agraviados como nación? ¿No será que no hubo agresión nacional?

1714 supuso el despegue económico de Cataluña
Con el desmantelamiento de los últimos residuos feudalizantes de la arcaica sociedad española de la época gracias a leyes importadas de Europa como los decretos de Nueva Planta, la economía catalana quedó lista para iniciar su despegue y pudo convertir el Principado en la región más próspera de España. Las medidas políticas del rey Borbón sentaron las bases del desarrollo económico catalán de los siglos XVIII y XIX. Sin el fin de los arcaicos privilegios de la monarquía austriaca tanto en Cataluña, como en el País Vasco, como en el resto del país, España hubiera permanecido anclada quién sabe cuánto tiempo más en el pasado.

No hubo mártires en 1714
La represión que siguió a la toma de Barcelona fue del mismo tipo y alcanzó la misma intensidad que la desatada en cualquier otro episodio de guerra civil, con independencia de la región que lo viviera. La brutalidad de las represalias resulta espantosa contemplada desde nuestro actual punto de vista, pero no fue más sanguinaria por estar dirigida a los sublevados de Barcelona.

Ni siquiera su supuesto líder, Rafael Casanova, se comportó como el héroe y mártir que hoy nos presenta el nacionalismo. Casanova, que no quería resistir frente al ejército de Felipe V sino negociar la entrada de las tropas en la ciudad, no mostró el menor ardor patriótico y falsificó el certificado de su propia defunción para huir de la ciudad disfrazado de fraile. Se instaló a pocos kilómetros, en Sant Boi de Llobregat, y ejerció tranquilamente su profesión de abogado. No perdió ninguno de sus bienes y a los pocos años fue perdonado públicamente por el rey Felipe V.

Este es el héroe de la sin igual resistencia frente al ‘ejército invasor castellano’ que acabó con la independencia de Cataluña el 11 de septiembre, en 1714. Esta es la historia que se han inventado los nacionalistas que hoy se reúnen en Barcelona para conmemorar una patraña de este calibre.

Ferrán Soldevila, historiador nacionalista catalán:

Hasta el último momento de la lucha los objetivos habían sido los que se hacían constar en el documento dirigido al pueblo: salvar la libertad del Principado y de toda España; evitar la esclavitud que espera a los catalanes y al resto de españoles bajo el dominio francés; derramar la sangre gloriosamente por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España” (F. Soldevila, Moments crucials de la Història de Catalunya).

Hoy en día, los catalanes que no han perdido la dignidad también co memoran el 11 de septiembre, casi celebrando que todo lo que les cuñetas es mentira, y muchos celebran que son multitud a los que la losa del pensamiento único nacionalista, falsificador y mentiroso, no han podido abducir; para descubrir que los hechos que de verdad sucedieron tenían que ver con los intereses políticos y por ende económicos, de la oligarquía comercial de la época y no con los intereses de la mayoría de la población, y mucho menos con una suerte de guerra interterritorial.

ENLACES relacionados: ¿Quo vadis, Catalunya?  Josep Pla, el hombre que odiaba Madrid y Barcelona

 

 

 

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