Problemas de la ideología y la razón


Creado el 15 septiembre, 2015 por Pío Moa

El significado de “ideología”, es decir, tratado o estudio de las ideas, fue cambiado por Marx, que lo definió como un conjunto de ideas sobre el mundo y la vida nacidas de un determinado “modo de producción” y destinado a mantenerlo, es decir, un conjunto de ideas fantásticas al servicio de la clase dominante. La ideología por excelencia sería precisamente la religión. Aquí la considero prácticamente al revés, como una interpretación general del mundo ajena a la religión y basada en la razón y la ciencia. Las ideologías tienen su origen en el culto a la Razón propio de la Ilustración.

Para el cristianismo, el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, es decir, dotado de voluntad y poder creador, aunque a una escala infinitamente inferior a la divina: el hombre no debe a sí mismo, a su voluntad y poder, sus propias capacidades ni siquiera su existencia en el mundo. Pero conforme se debilita la noción de Dios, atacada por la Razón, el poder creador del Animal Racional pasa a primer plano y es objeto de verdadero culto. Así, las ideologías podrían definirse como religiones del Hombre, contrarias o indiferentes a la noción de transcendencia y divinidad. De hecho, la Razón sustituye a la divinidad, colocándose en su puesto, y la idea nietzscheana del superhombre no es más que una consecuencia de ese culto: el hombre plenamente consciente de sí mismo, de su capacidad “divina” podríamos decir. Ello ocurre en gran parte por la dificultad de penetrar los designios divinos en un mundo tan abundante en males y contradicciones, o que así se presentan al espíritu humano. El hombre y sus intereses, en cambio, parecen más inteligibles para la razón. La ciencia parecía haber prescindido de la “hipótesis de Dios”, como decía Laplace, para entender el universo físico, hipótesis sustituida por unas leyes intrínsecas lo bastante explicativas. El mismo criterio debía poder aplicarse a la sociedad humana y a sus individuos, aun si esas ciencias estuvieran entonces en pañales.

La razón es, en definitiva, la capacidad para ordenar los conocimientos en un todo coherente y con sentido. Sin embargo la coherencia nunca es completa y está sujeta a cambios a menudo imprevisibles por el propio avance de las ciencias, y se da además la paradoja, como reconocía el físico S. Weinberg, de que cuanto más ordenados y completos los conocimientos (en su caso del cosmos), menos sentido parecen tener.

Por otra parte, la Razón debe apoyarse siempre en premisas indemostrables, las cuales, aun aceptadas generalmente, no dan lugar a conclusiones unívocas. Todas las ideologías invocan la razón y prescinden de ideas religiosas (rasgo definitorio de la llamada modernidad), y eso es lo que tienen en común. Lo cual no les impide llegar a conclusiones muy distintas y proponer soluciones incluso opuestas a los problemas que se plantean.

Así, el liberalismo prescinde de la religión como una “hipótesis innecesaria”, y en su dinámica propia tiende a arrinconarla como una peculiaridad de algunas personas, que no debe influir en la conducta social ni en el comercio. El comercio, a su vez, es ajeno a la moral, pues tiene sus propias leyes ajenas a ella; limitándose la moral, por lo demás, a convenciones más o menos ocasionales y cambiantes entre los hombres según sus intereses esencialmente comerciales. Para el cristianismo, el hombre es sociable por naturaleza; para el liberalismo, la sociedad surge de un contrato, siempre expuesto a cambiar según conveniencias y relación de fuerzas. A partir de la hipótesis del contrato puede llegarse tanto al estado totalitario como al de libertades o la democracia liberal. Las libertades pueden amparar cualquier tipo de ideas, intereses y fuerzas, que se han mostrado capaces en varias ocasiones de destruir los estados liberales. Pero si, para defenderse, el estado solo amparase la libertad de los liberales, ya que la demás lo amenazaban, llegaría a una especie de totalitarismo. El mito o hipótesis del contrato tiene otros problemas, por ejemplo, que dada la natural desigualdad social, no se realiza entre iguales. Al final parece que la mayor posesión de dinero zanjaría la dificultad.

También cabe discutir su atención al individuo: todas las ideologías dan gran importancia al individuo, pero, aun partiendo de la razón, lo consideran de distinto modo. Y también el liberalismo da gran importancia a las leyes y normas sociales que constriñen la libertad del individuo, pues de otro modo la propia sociedad se vendría abajo. Es lo que expresaba Lenin con la pregunta “¿Libertad para qué?”, que no significa, como algunos interpretan, que la libertad sea inútil, sino que debe definirse su objeto. Así, según su ideología, en el sovietismo no había “libertad para explotar” al prójimo, y había libertad de la gente para no dejarse explotar. El liberalismo puede tolerar la libertad para atacar al estado liberal, pero solo a condición de que esa libertad no se emplee a fondo, es decir, que sea impotente. Es peligroso creer que la propia concepción del individuo es la que debe prevalecer sobre otras. Y todas las ideologías son a la vez individualistas y colectivistas, aunque de distintos modos y proporciones.

En cuanto al fascismo, su idea de las élites u oligarquías solo expresa una realidad social evidente, pues se da en todas las sociedades: siempre es una minoría la que ejerce y organiza el poder (otra cosa es el modo como lo ejerza). Difería del liberalismo, que tiende a otorgar la distinción social a la propiedad o el dinero, y del nazismo, que extrapolaba el concepto de élite a la raza (el racismo no es por principio incompatible con el liberalismo, y durante mucho tiempo fue compatible con él en la práctica). En cambio parece colisionar con el marxismo, que da a las masas oprimidas y explotadas el máximo papel histórico. Sin embargo, en este caso vuelve a confirmarse la regla elitista u oligárquica, pues el igualitarismo teórico ha producido élites (los partidos comunistas) que se arrogaban la corrección doctrinal y en la práctica resultaban más dominantes y objeto de culto que en los fascismos. Aun así, es indudable la existencia histórica y teórica de una tensión entre los elitismos y lo que podríamos llamar “masismo”. Ya Platón lo expuso con claridad, adelantándose a Nietzsche, en su diálogo Gorgias, uno de cuyos personajes, Calicles, adelanta contra Sócrates las tesis de Nietzsche. Sócrates las rechaza, pero con la razón no puede hacerlo y debe recurrir al mito

En suma: no existe “la Razón”, sino razones diversas y contradictorias, que producen diversas divinidades menores o derivadas: la libertad, el progreso, el proletariado, la raza aria, el pueblo, la mayoría, el comercio, etc. Las ideologías apelan todas al Animal Racional, pero terminan enfrentándose entre sí. Las democracias liberales favorecieron hasta cierto punto al nazismo como barrera contra el expansionismo comunista. La URSS, a su vez, maniobró para que la guerra estallase entre democracias y fascismos, y finalmente lo consiguió, estallando la guerra abiertamente con un poco antes increíble pacto entre marxismo y nazismo. El pacto no podía durar, y finalmente las democracias y el totalitarismo soviético se aliaron a su vez para aplastar al nazismo, consiguiéndolo con grandes dificultades… Todo a un coste humano gigantesco, acaso inevitable y que en todo caso no se pudo evitar.

No quiero decir aquí que todas las ideologías sean equivalentes, pero es indudable que chocan con problemas teóricos y prácticos semejantes.

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