El periodismo agredido


ARTURO PÉREZ-REVERTE  |  En mi opinión, el único freno, la única medida que conocen el político, el financiero o el notable, cuando alcanzan cotas perversas de poder, es el miedo a la prensa libre. Hay quien prefiere llamarlo respeto, pero yo, prefiero la otra palabra. Quizá porque, como me gusta mucho leer a Suetonio, recuerdo siempre aquello de: “Oderint, dum metuant” (que me odien, pero que me teman). Miedo de quienes deben tenerlo, a perder la influencia, el poder, el dinero, el privilegio, la reputación, la impunidad. A sufrir las consecuencias de su ambición, sus mentiras, sus cobardías o sus delitos.

Sin ese miedo, todo poder viciado por la condición humana (que siempre acaba asomando por alguna parte) se vuelve tiranía. Por muy disfrazada que esté. Y ese miedo, tan saludable en democracia, incluye el temor a la exposición pública. La denuncia. El titular de prensa. La investigación rigurosa que, con frecuencia, llega más allá de donde los otros mecanismos llegan, pueden o quieren llegar.

Ese miedo a la prensa es saludable. Es necesario para nuestra salud social. Miedo, no al ruido de las redes sociales (que la ausencia de filtros vuelve confuso, tornadizo y babélico), sino al del titular de prensa sólido, documentado, profesional, y al texto que señala y explica. Al artículo de opinión cualificada. Por eso, en formato papel como en digital, una prensa rigurosa, de opinión seria e información veraz, sigue siendo imprescindible. Y más en España. Ahora. Aquí.

He dicho ya alguna vez, y lo repito ahora de nuevo, que nunca en esta democracia se ha visto en España un maltrato semejante del periodismo por parte del poder, lo detente quien lo detente, como se ha visto en los últimos diez o quince años.

Quienes tienen el poder o aspiran a tenerlo no siempre están dispuestos a pagar el precio de una prensa libre. Basta ver las ruedas de prensa sin preguntas, el rechazo a las comparecencias públicas, los debates electorales donde son los políticos, y no los periodistas, quienes deciden el formato. Y estremece la facilidad con que en los últimos tiempos, salvo algunas y muy arriesgadas excepciones, el periodismo se pliega en España a la presión del poder.

En Cataluña (ya que estamos aquí, haciendo amigos, no está de más decirlo) y también en el resto de España. En mi opinión, nunca se ha visto en España un periodismo tan agredido por el poder político y financiero, y tampoco se ha visto nunca tanta mansedumbre, tanta resignación en la respuesta. Apenas hay afán por buscar, por investigar, excepto cuando se trata de servir intereses particulares. Entonces, para procurar munición al padrino que a cada cual corresponde o se ha buscado para sobrevivir, entonces sí hay luz verde, y hay medios, hasta que se toca la línea roja correspondiente a cada cual: la banca, la telefonía, la publicidad, el nacionalismo, la iglesia, tal o cual sigla de partido, lo socialmente correcto llevado hasta extremos de estupidez.

En pocos casos se trata de hacer reflexionar al lector. Se trata, por lo general, de imponerle una supuesta verdad. Un punto de vista. Y ése parece ser el triste objetivo del periodismo español de hoy: no ayudar al ciudadano a pensar con libertad. Sólo convencerlo. Adoctrinarlo. Esa es su gran, nuestra gran derrota. Su gran, nuestra gran miseria.

En mi opinión, salvo muy nobles excepciones (y a EL MUNDO corresponde el honor de ser, a menudo, una de esas dignas excepciones), escasea el periodismo crítico independiente en España. El periodismo de iniciativa, que arroja asuntos al ruedo de la información y la vida. Más bien lo que hay es un seguidismo abúlico de la nota de prensa, la convocatoria en la sede del partido. Lo que suele haber (no siempre, pero a menudo) son declaraciones o actuaciones de políticos, y toma de postura de los medios a partir de eso, con aplicación inmediata, además, casi automática, de las filias y fobias donde se alinea cada cual.

Hay tertulias de radio y televisión, editoriales de ciertos diarios, donde es posible adivinar qué dirá el periodista en cuanto dé el primer teclazo o abra la boca. A qué políticos defenderá, y a cuales atacará. Incluso qué argumentos va a manejar. La presencia del político en la vida periodística española es asfixiante. Aquel compadreo que tan útil nos fue a unos y a otros, políticos y periodistas, en los tiempos épicos de la transición, se está pagando ahora muy caro.

El político ya no respeta al periodista, y lo maltrata. Raro es el trabajo periodístico sobre el hecho más remoto, que no incluya, con carácter casi obligatorio, alguna declaración de políticos a favor o en contra; marginando el interés del hecho en sí para derivarlo a lo que el político opina sobre él, aunque esa opinión sea una obviedad o un lugar común, o quien habla maneje mecanismos expresivos o culturales de una simpleza aterradora. Lo que cuenta es que el político esté ahí. Que adobe y remate el asunto. Que lo protagonice. Si hay un canutazo de político, el redactor jefe ya se queda tranquilo. Se ha cumplido el canon. Por modesta o mediocre que sea a veces, la figura del político asfixia a todas las otras. Hasta en el más humilde periódico local español, las páginas abundan en politiqueo municipal, convirtiendo cualquier menudo incidente concejil en asunto de supuesto interés público. Los mecanismos internos más aburridos de cualquier formación política importante se examinan hasta el agotamiento.

En mi opinión (y he viajado y visto lo suficiente para tenerla), las horas que radio, televisión o periódicos dedican en España a analizar el funcionamiento interno de los partidos, no tienen equivalente en el mundo democrático. Y aburren hasta a las ovejas. Hacen que los lectores deserten. Se desinteresen de lo que se les cuenta. Y es difícil culparlos por ello. De ahí la necesidad. La pertinencia del aldabonazo y sus consecuencias. Del espléndido titular en primera página y la columna explicativa, rigurosa, lúcida. Del miedo, dije antes. Miedo a la voz de los periodistas libres y de los hombres libres que los leen. Ésa es la palabra clave.

Ese miedo de los infames es el que mató a Jose Luis Lopez de Lacalle, que da honroso nombre a este premio y honra a quienes lo recibimos; pero no acalló su voz, heredada por sus compañeros y multiplicada en los lectores. Ése es el único freno y contrapeso, a estas alturas. Lo demás son milongas. Cuentos chinos. Y esa palabra, miedo al periodismo libre y decente, la aprendí hace casi cincuenta años, en la más importante lección de periodismo de mi vida. Es una anécdota que he contado varias veces, pero que sigue siendo la que mejor refleja lo que pretendo decir hoy. Por eso, con permiso de ustedes, la cuento de nuevo.

Yo tenía 16 años, había decidido ser reportero, y cada tarde, al salir del colegio, frecuentaba la redacción en Cartagena del diario La Verdad. Estaba al frente de ésta Pepe Monerri, un clásico de las redacciones de entonces, escéptico, vivo, humano. Empezó a encargarme cosas menudas, y un día me encargó que entrevistase al alcalde de la ciudad. Y cuando, abrumado por la responsabilidad, respondí que entrevistar a un alcalde era demasiado para mí, y tenía miedo de hacerlo mal, el veterano me miró con mucha fijeza, se echó atrás en la silla, encendió uno de esos pitillos que antes fumaban los viejos periodistas, y dijo algo que no he olvidado nunca:

“¿Miedo?… Mira, chaval. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti”.

Pienso en eso a menudo. Y últimamente, en España, más todavía. Cuando lleves un bloc y un bolígrafo en la mano, quien debe tenerte miedo es el alcalde a ti. Todo el periodismo, su fuerza, su honradez, hasta su épica, se resume en esas extraordinarias palabras. En esa declaración segura de sí, hermosa, arrogante, formulada por un humilde, viejo, escéptico, cínico, magnífico periodista.

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Extracto del discurso del periodista, escritor y académico Arturo Pérez-Reverte tras recibir el Premio Columnistas del Mundo 2015 |  publicado en el mundo.es

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